“Mujer virtuosa, ¿quién la hallará porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas. El corazón de su marido está en ella confiado” Proverbios 31:10, 11).
Lectura: Prov. 31:26-31.
La mujer casada con un hombre inmaduro realmente tiene un desafío por delante. No va a tener la vida de la princesa que se casa con el príncipe azul y viven en sempiterna felicidad. Este hombre no puede llenar sus expectativas. No va a ser el hombre en quien ella pueda apoyarse, el que la entienda y esté por ella, no va a sacrificarse por ella, como Cristo lo hizo por la Iglesia; no va a solucionar los problemas del hogar, ni tomar la responsabilidad por la educación cristiana de sus hijos, ni será el cabeza de familia que ella necesita. Va a vivir para sí mismo y sus intereses. Ella tendrá que cuidar de él como si fuera uno más de sus hijos. Tendrá que atender a las necesidades de sus hijos, y de las de su marido también. Este no fue el plan de Dios para la familia, pero, si el marido no asume la responsabilidad por la familia, lo tendrá que hacer ella.
Hay hombres que no han madurado. Puede ser que sus madres no los dejasen madurar, que hiciesen todo por ellos y no les diesen ninguna responsabilidad en casa. Puede ser que fueran mimados y consentidos. Puede ser que sus padres no les enseñaran a ser hombres. Luego hay casos aún más graves, hombres que están en el alcohol o en la droga. Los hay que tienen una enfermedad mental y no son responsables por nada, ni por sí mismos. En tales casos la mujer tiene que asumir muchas de las responsabilidades que pertenecen al marido sin esperar recibir lo que ella necesita de él.
Cuesta mucho para la mujer llegar a este punto. Sigue con la mano extendida hacia su marido esperando comprensión, comunicación y comunión. Sigue esperando un milagro. Sigue orando y pidiendo un cambio en este hombre a quien juró fidelidad hasta que la muerte los separase. Pero es de su interés que renuncie a esperar peras del olmo, como dice el viejo refrán, porque este hombre no puede darle lo que ella necesita. Ella lo tiene que aceptar o se amargará, o culpará a Dios por no hacer el milagro. Ella tiene que cuidar de él. Este es su camino de santificación. Es tener paciencia con lo que el Señor ha permitido en su vida, aceptarlo, y decidir que va a vivir con lo que tiene y que recibirá todo lo que necesita del Señor, no del marido: compañerismo, amistades que la comprendan, amigas fieles, finanzas, gozo, apoyo emocional, ternura, ilusión por la vida, y amor sacrificial. La verdad es que solo Cristo satisface, y satisface completamente. Si no tuviese nada más, el Señor sería suficiente, como dice el Salmista: “Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” (Salmo 73:23-26). Esta es la vida de la mujer con un marido inmaduro. La lleva a una total dependencia del Señor y esta es la bendición mayor que tiene. Forja una intimidad envidiable con el Señor. Su misión de vida es demostrar que Cristo es suficiente y que, con Él, y solamente Él, ella puede estar feliz, ¡y aún gozosa!
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