“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma”.
Lectura: Salmo 19:7-13.
Esta es una descripción extraordinaria de los beneficios de seguir la ley de Dios. Los israelitas en tiempos de Oseas tenían un concepto negativo de la Ley. De ellos Dios se lamenta: “A pesar de que les dí todas mis leyes, actuaron como si estas leyes no se aplicaran a ellos” (Oseas 8:12, NTV). Muchas personas de hoy tienen este concepto de la ley. Piensan que es una carga pesada que ya no le corresponde al cristiano, que forma parte de la antigua alianza. La antigua alianza se malinterpretó como la salvación mediante el cumplimiento de la ley. Ese fue precisamente el error que cometieron los fariseos. La nueva alianza es la salvación para poder cumplir la ley, mediante el poder del Espíritu Santo. La razón por la que queremos guardar la ley es porque es la manera de vivir perfecta y maravillosa que Dios ha diseñado para nosotros.
La ley de Dios es perfecta. Nosotros no lo somos, y por eso nos resulta difícil cumplirla; pero esa dificultad no dice nada malo de la ley, sino que revela nuestra propia imperfección. Necesitamos un corazón nuevo para guardar la ley por amor a Dios y en gratitud por todo lo que Él ha hecho por nosotros en Jesucristo.
La ley de Dios es perfecta; restaura el alma. Le revela al alma cuánto necesita ser salvada, precisamente porque está tan lejos de la perfección. El testimonio de Dios es fiel y hace sabio al sencillo. «Testimonio» es otra palabra para referirse a la ley.
La ley nos da sabiduría, exactamente lo que necesitamos. Los mandamientos de Dios son rectos y justos. No son una carga para nosotros; al contrario, llenan de alegría nuestro corazón. Los preceptos de Dios son puros y alumbran nuestros ojos. La ley de Dios nos ilumina.
El temor del Señor es puro y permanece para siempre. Es exactamente lo que necesitamos para mantenernos en el camino correcto. Los juicios del Señor son verdaderos y todos ellos justos. Nosotros encontramos defectos en las leyes humanas, en la justicia de nuestra sociedad y en nuestros sistemas jurídicos; pero no ocurre así con los juicios de Dios. Los suyos son absolutamente justos y certeros. Los deseamos más que las riquezas; los preferimos a cualquier manjar o deleite que este mundo pueda ofrecernos.
Este es el concepto cristiano de la ley de Dios: la salvación consiste en que la ley de Dios quede escrita en nuestro corazón, de manera que lleguemos a amarla. Consiste en recibir un corazón nuevo, para que deseemos obedecer a Dios. Consiste en tener al Espíritu Santo dentro de nosotros, de modo que nos deleitemos en agradar a Dios y deseemos hacerlo más que cualquier otra cosa. No se trata, por tanto, de obedecer una ley externa como quien soporta una carga, sino de recibir un corazón transformado que ama aquello que Dios ama y desea vivir conforme a su voluntad. Y esto es precisamente lo que Dios nos promete: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez. 36:27). ¡Qué bueno!
Y esto es precisamente lo que Dios nos promete: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:27). ¡Qué bueno!
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