“Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre” (Apocalipsis 3:8).
Lectura: Apoc. 3:7, 8.
Los que tienen cierta edad se acordarán del sereno, el amo de llaves del barrio. Si olvidabas la llave de tu casa, solo tenías que ponerte en una esquina y dar palmas y gritar “¡sereno!”, y aparecía un hombre con docenas de llaves, de todos los bloques del barrio, y te abría el portal de tu bloque. Era muy conveniente. ¡Ya no tenías que pasar la noche en la calle! El verdadero Amo de llaves es nuestro Dios y Salvador, el Señor Jesucristo. Pídele que abra la puerta que tú necesitas ver abierta. Él es quien “abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre”.
Él tiene la llave del Reino de Dios: “He aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque, aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre” (Apoc. 3:8).
Él tiene la llave de toda sabiduría y conocimiento. Nos la abre para hacernos sabios y entendidos, pero tenemos que “dar palmas y llamarlo” para que lo haga, “a fin de conocer el misterio de Dios el Padre y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:2, 3; cf. Ef. 1:17; Sant. 1:5).
Él tiene la llave de la puerta de tu corazón, pero no la abre. Espera a que nosotros la abramos para entrar y poder tener comunión con nosotros, porque no quiere entrar a la fuerza, sino por un acto libre de nuestra parte, un deseo sincero de conversar y compartir con Él. Dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc. 3:20). ¡Qué mundo tan exquisito de comunión y compañerismo nos espera cuando abrimos! Abrimos una vez para salvación, y, en otro sentido, la abrimos a diario para tener un rato exclusivo con Él, Él y nosotros, como dos amigos, hablando y compartiendo.
Él tiene la llave del Cielo. “¡Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: ¡Ciertamente Jehová está en este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios, y la puerta del cielo” (Gen. 28:16, 17). Esta puerta tiene llave. “La llave de David” habla de la autoridad para abrir y cerrar, dando acceso al Reino de Dios: Jesús tiene la llave de David: “Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá” (Is. 22:22). Jesús mediante su obra en la cruz ha abierto la puerta del cielo a todo aquel que lo recibe como Salvador.
Jesús le dio las llaves del Reino a Pedro cuando confesó a Cristo como el Hijo de Dios: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos” (Mat. 16:19). Es la predicación del evangelio la que abre estas puertas a los que obedecen el evangelio: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados” (Hechos 2:38). Con esta predicación Pedro abrió el Reino a los judíos, y en casa de Cornelio abrió el Reino del cielo a los gentiles que ponen su fe en Cristo (Hechos 10). Hoy se abre el Reino por medio de la misma predicación de fe en Cristo y el arrepentimiento del pecado. El que lo hace recibe el Espíritu Santo ahora, quien lo santifica para entrar por las puertas del Cielo, y nadie se las puede cerrar.
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