EL ENEMIGO EN LA VEJEZ

“No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mi fuerza se acabare, no me desampares. Porque mis enemigos hablan de mí, y los que acechan mi alma consultaron juntamente, diciendo: Dios lo ha desamparado; perseguidle y tomadle, porque no hay quien le libre” (Salmo 71:9-11).

Lectura: Salmo 71:1-3.

            En algunas traducciones, este salmo se titula “Oración de un anciano”, y, por lo tanto, muchos lo pasan por alto, porque están en plena juventud, o en los años de la madurez, y creen que no es para ellos. El salmista no dice cuántos años tiene. Su preocupación es el enemigo que lo persigue y cómo podría escaparse de él cuando sea mayor y las fuerzas físicas lo hayan abandonado. Lo que tiene claro es que el enemigo no lo va a dejar en paz cuando sea mayor, y esto es algo que nosotros debemos tener claro también. No pienses que no habrá ataques de nuestro enemigo espiritual cuando ya seamos mayores. Al contrario, el diablo pensará igual que el enemigo en este salmo. Dirá que, ya que somos mayores, somos fácil presa, porque nos puede confundir, o tendremos poca energía para resistir a la tentación, o porque nos cansaremos de siempre estar “resistiendo al diablo”, como dijo Pedro (1 Pedro 5:9), o porque nos despistaremos o nos dormiremos en los laureles.

            ¿Qué podemos hacer ahora que somos jóvenes y fuertes para poder eludir las trampas del enemigo cuando seamos mayores? Hemos de mantenernos en forma. No vamos a hacer brotar una espiritualidad de repente cuando lleguemos a la edad de 70. En este salmo el autor dice que ha sido enseñado por Dios desde la juventud: “Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y hasta ahora he manifestado tus maravillas” (71:17). Lleva años aprendiendo a obedecer a Dios y a esquivar al enemigo. Lo que el enemigo intenta hacer es destruir nuestra vida de mayor para que perdamos nuestro testimonio, o peor aún, para que pongamos a un lado nuestra espiritualidad, o dejemos de mantener nuestra relación con Dios. Jesús dijo: “El que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mat. 10:22). ¿Cuándo cayó David en pecado, cuando era joven o cuando fue mayor? Cuando fue mayor, porque decidió no luchar contra el enemigo (2 Sam. 11:1, 2). Quería descansar.

            Para mantener la relación con Dios, hay que permanecer en su Palabra cada día. Hay que estar pendiente todo el tiempo de lo que el Espíritu nos está diciendo. Hay que confesar el pecado cada día que el Espíritu lo traiga a nuestra mente. Hay que mantener una relación de amor con el Señor Jesús. Hay que detectar las tentaciones que el enemigo nos va tendiendo. Hay que mantener relaciones correctas con los demás: amor por los hermanos, y amor por el prójimo, incluyendo a los que nos provocan o que nos hacen daño. Cuidar del corazón es como cuidar de un jardín. Hay que regar, fertilizar, sacar malas hierbas, estar pendiente de plagas y curar lo dañado. ¡No podemos dormirnos y pensar que vamos a cosechar! No nos pongamos a pensar: “¿Quiénes serán mis amigos en el día de mañana?”. Son los que tenemos ahora, y los que vayamos añadiendo. Así que mantengamos estas relaciones, sobre todo, la que tenemos con el Señor. La que cultivamos con Él ahora será la base de la que tengamos con Él mañana.

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