“En ti, oh Jehová me he refugiado: no sea yo avergonzado jamás” (Salmo 71:1).
Lectura: Salmo 71:1-6.
Aquí tenemos una persona que ha tenido una larga experiencia con Dios. Dice que Dios ha sido su seguridad desde su juventud. De hecho, dice: “En ti he sido sustentado desde el vientre”;“Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud” (v. 6, 17). Conoce al Señor desde que tiene uso de razón. En estos momentos se encuentra en una situación difícil. Tiene enemigos que quieren avergonzarlo. Se refiere a ellos como impíos, perversos y violentos. Hablan mal de él. Piensan que le pueden hacer daño porque no tiene a nadie que lo defienda, porque Dios lo ha dejado, pero se equivocan.
Esto lo podrían haber escrito muchos creyentes hoy día. Los hay que tienen situaciones laborales muy complicadas en que otras personas conspiran contra ellos para conseguir promociones, o para quitarles su puesto de trabajo. Utilizan engaño, mentiras, falsifican los hechos, les atribuyan motivos que no existen, intentan dañar su reputación, los denuncian falsamente, y se mueven con malicia para quitarlos de en medio. Trabajar en estas circunstancias es muy difícil.
El salmista recurre a Dios: “Oh Dios, no te alejes de mí; Dios mío, acude pronto en mi socorro”. Lo que ellos hacen es injusto, pero Dios no lo es. Apela a la justicia de Dios: “Mi boca publicará tu justicia… Haré memoria de tu justicia, de la tuya sola” (vs. 15, 16). Lo justo es que Dios invierte todo el mal que hacen sobre la cabeza de los que procuran hacer daño a otros: “Mi lengua hablará también de tu justicia todo el día; por cuanto han sido avergonzados, porque han sido confundidos los que mi mal procuraban” (v. 24). Lo que le mueve al creyente de este salmo es la reputación de Dios, no la suya propia. Es por eso por lo que quiere que Dios defienda la suya, porque la reputación de Dios está en juego en nuestra actuación. Si nosotros no cumplimos con nuestras responsabilidades en el trabajo, la gente se burlará de nuestra fe. El que escribió este salmo es una persona de fe genuina. Confía en Dios a pesar de lo mal que lo está pasando: “Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de la tierra. Aumentarás mi grandeza, volverás a consolarme”. Por fe lo sabe.
Parece que todo este acoso lo está sufriendo una persona que ya es un poco mayor. Tiene un largo recorrido con Dios. Estas pruebas le vienen cuando ya no es tan joven y fuerte como lo era antes, pero su fe es una que ha sido probada y fortalecida a través de los años; lo que le falta en fuerza física ahora lo tiene en fuerza espiritual. Sabe cómo tiene que clamar a Dios en estas experiencias: “No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mi fuerza se acabare, no me desampares” (v. 9). “Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares, hasta que anuncie tu poder a la posteridad, y tu potencia a todos los que han de venir, y tu justicia, oh Dios, hasta lo excelso” (v. 18, 19). Esta es su motivación. Quiere tener un poderoso testimonio de cómo Dios lo ha rescatado siempre, toda la vida, aun en esta situación presente, para contárselo a sus nietos y a la posteridad, para alabanza de la gloria del Dios que le ha sido siempre fiel.
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