“¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo” (Salmo 84:1, 2).
Lectura: Salmo 84:1-12.
Cuán hermosas son tus moradas,
oh Señor de los ejércitos, cuán amadas!
¡Cuán preciosa es la casa de oración,
donde se siente tu presencia tan cercana!
¡Dichosos aquellos que habitan
en tu casa de alabanza!
Los que en Ti encuentran su fuerza
y aman profundamente tus caminos.
Atraviesan el valle triste y sediento
de este tierra estéril y desolada,
como si fuera un valle fértil,
y abundan las lluvias de primavera.
Avanzan de fortaleza en fortaleza,
con alegría y gratitud,
hasta que todos, finalmente,
comparezcan ante nuestro Dios
y se presenten en Sion.
Porque Dios el Señor es nuestro sol y escudo;
nos concede gracia y gloria resplandeciente.
No negará ningún bien
a quienes caminan rectamente con Él.
John Milton 1608-74
Durante la vida del poeta hubo una guerra civil en Inglaterra sobre quién debía tener la autoridad política: el rey o el parlamento, y lo mismo en cuanto a la religión: dónde residía la autoridad, en la iglesia anglicana del Estado, o si debía haber más libertad de religión en el país. Milton era puritano y defendía la libertad de conciencia y la autoridad del Parlamento frente al poder absoluto del rey. En este himno hermoso Milton contempla la Casa de Dios, no aquí en la tierra donde había lucha entre verdaderos cristianos, sino en el Cielo donde todos los que conocemos al Señor, de la denominación que sea, adoraremos a Dios unidos en perfecta paz.
[1] El famoso poeta inglés que escribió “El Paraíso Perdido”.
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