“Dios es nuestro amparo y fortaleza” (Salmo 46:1).
Lectura: Salmo 46:1, 4, 5, 7, 11.
Dios es nuestro amparo, fortaleza, alegría, ayuda, y nuestro refugio. Nuestra fuerza viene de Dios. No somos debiluchos a la merced del maligno, sino fuertes en el Señor. Pablo dice: “Hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Ef. 6:10). Cuando lo hacemos, somos fuertes en su fuerza. La fuente de nuestra fuerza es Dios mismo.
Puedo testificar de ello. Él siempre ha sido la fortaleza de mi vida, la fortaleza espiritual y física.
- Fortaleza espiritual. Con ella no desmayamos. Cuando mi hija estaba lejos de Dios, cada día el Señor me daba una promesa en su Palabra para sostenerme y mantenerme esperanzada en medio de realidades que de otra manera me habrían tumbado. Me habrían dejado deprimida, sin fuerza para seguir adelante, y enferma. Cada día durante veinte años, Dios me hablaba de su Palabra, dándome una promesa para sostener mi fe. Creía y esperaba y oraba. Mi hija tenía un carácter muy fuerte. Pensaba que su decisión de no creer en Dios sería definitiva y que Dios no podía hacer nada contra su resistencia, hasta que un día me di cuenta de que ¡Dios era más fuerte que ella! Dios podía con ella. La podía llevar al punto en que ella se decidiese libremente por Él. Cuando pensaba: “Dios puede con ella”, tenía paz y podía descansar. Y el Señor me concedió la gracia de verla convertida en el transcurso de mi vida para ser una hija madura de Dios, obediente al Señor, con una relación preciosa con Él.
- Fortaleza física. Cuando me rompí mi brazo, me encontraba con mucha debilidad. Había muchas cosas que no podía hacer con una sola mano: abrocharme los botones, atarme los cordones, peinarme, cocinar, fregar, conducir, escribir en el ordenador, y más cosas. En esta condición Dios me enviaba ayuda física en forma de personas para ayudarme con la casa, la cocina, el jardín, con visitas médicas y para conducir. Su ayuda es muy práctica. Sin ir más lejos, el otro día una hermana me invitó a su casa para pasar el intervalo entre la rehabilitación en el hospital y la reunión de oración de mujeres de la iglesia que está al lado del hospital. Así no tuve que volver a casa, que está en otro pueblo, o intentar ir caminando a un supermercado que estaba mucho más lejos de lo que yo pensaba. ¡No habría llegado! Otro día cuando trataba de meter el carro de la compra en el maletero del coche y no podía levantarlo, vi cerca de mí a una señora mayor, pero descarté la posibilidad de que ella me ayudara. Pero ella me dijo: “Deja que te ayude. Estoy fuerte. Voy al gimnasio”.
En nuestra debilidad, Dios nos envía la clase de ayuda que necesitamos, ayuda espiritual por medio de la Palabra, o ayuda física por medio de muchas personas simpáticas.
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