EL SORPRENDENTE AMOR DE DIOS

“Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19).  
 
Lectura: Apoc. 3:15, 16.
 
En sus cartas a las iglesias de Apocalipsis, vemos que la que peor va es la iglesia de Laodicea. Ellos reciben una reprensión fortísima por su orgullo y dureza de corazón. Están insensibles a la condición de sus corazones. Piensan que van muy bien. En su orgullo y jactancia piensan que no tienen necesidad de nada. Son autosuficientes. ¡Se jactan de que no necesitan nada de Dios! Dicen: “Yo soy rico y de ninguna cosa tengo necesidad”. La ayuda de Dios no la necesitan para nada. El Señor, para llegar a ellos, les tiene que decir algo muy fuerte: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.
 
Al oír esto nosotros pensamos: “Ya está. Lo han estropeado. El Señor se va a desentender de ellos. Los rechazará y no querrá saber nada más de ellos”. Si fuésemos Dios, nosotros les diríamos: “Ya que no me necesitáis para nada, allá vosotros. Id por vuestro camino y veréis cómo os va. Os vais a estrellar”. Pero el Señor no es como nosotros. Se mueve para impedir que se enfríen hasta la muerte. Los ama. Está comprometido con ellos. No va a dejar que se pierdan. Los va a castigar para que se despierten a la lamentable condición en que están. Los castigos de Dios son temibles. A estos creyentes los ama tanto que no los va a soltar para su ruina. Este es el Dios que tenemos. Si es necesario que lo pases muy mal para volver a Dios, esto tendrá que pasar, pero valdrá la pena.
 
El Señor les dice lo que tienen que hacer: Darse cuenta de su condición: “Eres un desventurado, miserable, pobre, ciego desnudo”. Tienen que venir a Él para conseguir el remedio. Han de conseguir riquezas espirituales, verdadera justicia y visión espiritual. Después tienen que abrir sus corazones para tener comunión con Él. Si lo hacen, lo que promete es una relación hermosa con Él, sentados los dos a la mesa, en un nivel profundo de comunión. ¡Imagínate lo que es tener los dos corazones abiertos compartiendo el uno con el otro, el ser humano con su Creador! Esto, en esta vida, y luego, en el reino de Dios: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono”. Esto es lo que el Señor les promete si vencen esta letargia y pasividad.  
 
El Señor no es como nosotros. No nos deja para que nos estrellemos. Es fuerte y amoroso. Castiga y restaura. Toma los pasos necesarios para espabilar a los que ama. Lo que nos sorprende es que estas promesas tan hermosas van para creyentes orgullosos, seguros de sí mismos, y engañados acerca de su estado espiritual. El Señor Jesús no quiere vomitarlos de su boca; quiere sentarse con ellos a la mesa de comunión y reinar eternamente con ellos. Así es el Señor en su amor incomprensible por cada uno de nosotros.  

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