HUESOS DESCOYUNTADOS

“He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mí paladar, me has puesto en el polvo de la muerte” (Salmo 22:14, 15).

Lectura: Salmo 22:16-21.

David, siendo profeta, escribió acerca del sentir de Jesús en la cruz. Cuando yo me rompí el brazo y supe que dos de mis huesos se habían descolocado, me vino a la mente la frase de este salmo que dice “todos mis huesos se descoyuntaron”. Esto es un dolor indescriptible. A mí solo me pasó con dos huesos, pero el Señor en la cruz experimentó el dolor indecible de tener todos sus huesos descoyuntados, arrancados de su sitio. Yo pensaba que el dolor de su muerte consistía en los clavos y en las heridas abiertas de los latigazos, pero este dolor supera a todos. El texto sagrado dice que “como Cordero fue llevado al matadero y no abrió su boca”. Esto es un control que nosotros no podemos tener, porque el dolor es agudo, intenso. El grito de dolor sale de nosotros espontáneamente. El Señor supo controlarlo hasta el punto de poder decir cosas coherentes y beneficiosas para otras personas, llenas de compasión. Es otro detalle por el cual podemos admirar y gloriarnos en nuestro Salvador. Una vez más somos conscientes de que nuestras experiencias son una ayuda para comprender las realidades espirituales. Todos nuestros dolores son un reflejo del dolor del Señor y son una ayuda para comprenderlo a Él. Todos nuestros dolores tienen el reflejo del dolor suyo y nos ayudan acercarnos a Él. 

Otra cosa que podemos decir de los huesos dislocados del cuerpo de Jesús es que tienen su reflejo en su iglesia que es su cuerpo. Todas las divisiones que hay en las iglesias son como huesos descoyuntados del cuerpo de Cristo.

Dios creó este cuerpo para que todos los miembros se encajasen como huesos en un cuerpo. Las conexiones entre los huesos son muy delicadas. Una rotura de un hueso es una cosa, pero una rotura en la conexión de hueso con hueso es otra cosa muy diferente. Su reparación es más delicada. Es una obra de arte ver como los médicos pueden remontar la conexión entre un hueso y otro. Después de esta operación hace falta una rehabilitación para recuperar el movimiento.

El señor Jesús está en el cielo, pero sigue su sufrimiento. Eso es lo que nos da a entender lo que escribe el apóstol Pablo cuando habla en Colosenses 1:24 de “cumplir en su carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es su iglesia”. En los tiempos en que vivimos hay muchas roturas en las iglesias. Hay un medicamento que se usa para la sanidad de estas roturas. Se llama GRACIA. La gracia supera al pecado del otro, sus faltas, sus decisiones equivocadas, y sus ideas incorrectas. La gracia es tan fuerte que permite el perdón y el amor en las circunstancias más injustas y dolorosas. La gracia de Dios supera todo nuestro pecado. Ahora vemos su inmensa gracia. Es gracia para mí y la misma gracia para el otro. Es gracia la que conduce a la aceptación de la persona que piensa y actúa muy diferente que nosotros. El Señor está dando muchas oportunidades de ejercitar esa gracia en estos días. Que aprovechemos cada una de ellas para llegar a ser más como Cristo. Amén.

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