LA MUERTE DE JUAN EL BAUTISTA

“Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).

Lectura: Mateo 14:1-12.

Juan el Bautista ocupó un lugar estratégico dentro del plan de Dios. Conectó el Antiguo Testamento con el Nuevo siendo profeta del Antiguo y heraldo del Mesías del Nuevo. Presentó a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; preparó a la gente para la venida de Jesús mediante el arrepentimiento del pecado; y profetizó la venida del Espíritu Santo. Al terminar su trabajo, Dios se lo llevó.
Los profetas del Antiguo Testamento se relacionaban con los reyes. Les transmitían la voluntad de Dios. Fiel a su cometido, Juan le informó a Herodes que no era lícito tener por esposa a la mujer de su hermano, mensaje que le consiguió el encarcelamiento. Su popularidad con la gente le libró de la muerte inmediata, pero no por mucho tiempo.

En el banquete celebrando su cumpleaños, la hija de la nueva esposa de Herodes entretuvo a los invitados con un baile exótico que le agradó tanto al rey que le prometió lo que quisiera. Hija y madre tramaron la muerte de Juan el Bautista pidiendo su cabeza en un plato como macabro entretenimiento en la fiesta. Juan fue decapitado en la cárcel y sus restos enterrados por sus discípulos quienes informaron a Jesús del sórdido asunto. Para Jesús, además de ser una pérdida personal, la muerte de Juan fue un sobrio previsto de lo que le esperaba a él.

El ministerio de Juan fue entrelazado con el de Jesús. Ambos predicaron el arrepentimiento para entrar en el reino y la venida del Espíritu Santo. Juan dejó el escenario bíblico para dar lugar a Jesús, y Jesús dejó el escenario bíblico para dar lugar al Espíritu Santo quien terminaría de preparar a la gente para el Reino de Dios.
Las circunstancias de la muerte Juan el Bautista nos repugnan con el sadismo de Herodes, ¡el rey del pueblo de Dios! La decadencia del gobierno choca frontalmente con la integridad y la santidad del hombre de Dios. Nuestra fidelidad al Señor también nos puede costar todo, como le costó a Juan. Profetizó su propia muerte cuando dijo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengue” (Juan 3:30), sin saber hasta qué punto iba a ser necesario que menguase. Con la pérdida de Juan, Jesús seguiría solo sin nadie de su calibre a su lado.

Señor, que también mengüemos hasta el punto de que tu deseas para que Jesús lo sea todo. Amén. 

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