“Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo” (Mateo 14:23).
Lectura: Mateo 14:22-36.
Este episodio en la vida de Jesús empezó con la trágica noticia de la muerte de Juan el Bautista que tocó muy de cerca al Señor Jesús. Quiso estar asolas con el Padre, pero aplazó su necesidad personal hasta después de atender a la multitud.
En Jesús la multitud encontró un maravilloso candidato para rey, pues, ¡podía alimentar a todo el país! (Juan 6:14, 15), pero reinar sin ir a la cruz solo serviría para tener gente alimentada, pero perdida. Para evitar que los discípulos se pusiesen de acuerdo con la multitud, Jesús los mandó a cruzar el mar mientras él despedía a la gente. Por fin solo, Jesús “subió al monte a orar aparte”. Allí estuvo con el Padre para procesar el dolor, orar acerca de las implicaciones de la muerte de Juan para su ministerio, y recibir consuelo y dirección de Dios. Se quedó solo orando hasta la cuarta vigilia de la noche, entre las tres y las seis de la mañana.
Mientras Jesús oraba los discípulos luchaban con un viento contrario. Jesús les vino en las altas horas de la noche caminando sobre el turbulento mar, que no le frenó, sino que le sirvió de camino para llegar a ellos. El espectáculo les espantó. No creían que éste “fantasma” era Jesús. Todavía dudando Pedro le probó pidiendo que le mandase a venir a él sobre las olas. Lo hizo hasta que tomó en cuenta los obstáculos. El pobre se hundió, pero el Señor le rescató y le reprendió por su poca fe. Cuando los dos entraron en la barca el viento se calmó. Sorprendidos por su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza exclamaron: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”. La barca llegó con bien a Genesaret donde Jesús sanó a todos los enfermos.
La vida de Jesús es nuestro patrón. El Señor da prioridad a su tiempo con el Padre y las necesidades de los demás, no a las suyas propias. Sacrifica su necesidad de solitud para atender a la gente, y su necesidad de descanso para orar. Esto fue un día y una noche en la vida de Jesús. Empezó con dolor y terminó con él andando sobre el agua. En medio fue la oración. Si pasamos nuestras noches de pena con Dios, también podemos caminar sobre el agua y no hundirnos en medio de las turbulencias de la vida.
Padre, te entregamos nuestros días y también nuestras noches. Amén.
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