GANANDO SU AMOR

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Lectura: Rom. 5:6-8.

            El amor de Dios para con nosotros tiene una larga historia. Nos amaba aun cuando éramos pecadores. Cuando estábamos en nuestro estado peor, nos amó y envió su ayuda transformadora. Eso es amor. Es compasión, misericordia y gracia. Me amó a mí cuando estaba perdida, desorientada e incapaz de entender el propósito de nada. En mi caso solo era una niña de siete años, pero sabía que era pecadora y quería ser salva. Y Él vino a mí, y yo lo encontré. Fue un encuentro real. La muestra es que todos estos años han pasado y todavía nos amamos, el Señor y yo. Lo conozco mucho mejor ahora, pero Él me conoce como siempre me ha conocido.

Su conocimiento de nosotros es sin pasado, presente o futuro. Él vive en la eternidad, y ama a la persona que estamos llegando a ser. Nos ve tal como seremos finalmente, que está muy lejos de cómo somos ahora, y nos ama durante todo el proceso de cambio. Su amor es seguro y fiable, porque no depende de nosotros. Depende de Él, y Él no cambia. Aun si fuéramos mucho mejores, no nos amaría más. No obstante, esto es una motivación para cambiar, porque Él quiere que lleguemos a ser aquella persona que Él ama, y nosotros queremos que lo consiga. Cuando amamos a una persona queremos ser la mejor persona posible por amor a ella.

El amor es un ambiente seguro en el cual cambiar. Cambiar requiere riesgos. Nos lleva a un terreno no familiar, pero como el amor de Dios nos acompaña, nos da la seguridad que necesitamos mientras crecemos y maduramos para llegar a ser esta persona desconocida que seremos.  “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2).

Dios nos ama porque Él es amor. Nos amó aun antes de que existiéramos. Su amor es eterno: “Con amor eterno te he amado” (Jer. 31:3). Dios no empezó a amarnos el día de nuestro nacimiento. Ni el día de nuestra conversión. Tampoco nos amó porque tuviésemos cualidades que admirase en nosotros, ni porque le cayésemos bien, ni porque fuésemos buena gente, o graciosos, o inteligentes, o responsables, o meticulosos, o misericordiosos, o generosos para con los pobres, o buenas madres. Nos ha amado porque “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Dios siempre está amando como el sol siempre está dando luz. Es su naturaleza. Su amor no se debe a nada en nosotros. ¡Qué seguridad nos da esto! No se comprueba por lo que nos pasa. Si todo nos va bien: tenemos buena salud, un buen trabajo, un buen marido y buenas amigas, esto no prueba que Dios nos ame; y si todo nos va mal, tampoco prueba que no nos ame. Lo que demuestra su amor es que envió a su Hijo a morir por nosotros: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros”. Necesitamos volver a esto cada día. La evidencia de que Dios me ama es el Calvario. Su amor ha suplido lo que más necesitábamos, que era el perdón de pecado y la paz con Dios.    

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