EL ESCÁNDALO Y LA OFENSA[1]

“¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No están aquí con nosotros sus hermanas?» Y se escandalizaban a causa de él” (Marcos 6:3).

Lectura bíblica: Marcos 6:1-6.

Los habitantes del pueblo de Jesús se escandalizaron de Él. ¿Qué había hecho para provocar semejante reacción? Había enseñado en su sinagoga con una sabiduría extraordinaria y había realizado milagros asombrosos. Sin embargo, en lugar de honrarlo, permitieron que echara raíces en sus corazones un espíritu de ofensa, lo que dio lugar a una profunda falta de fe.

Sentirte ofendido es, en última instancia, una elección. Las personas pueden decir o hacer cosas, de forma intencionada o no, que nos hieran, ya sea ligeramente o de manera profunda. A veces, como ocurre en la lectura de hoy, puede que ni siquiera haya habido una ofensa real, y aun así decidimos sentirnos ofendidos. Con frecuencia, la ofensa nace del rechazo, la decepción o el orgullo herido. El mundo puede decirnos que tenemos todo el derecho a aferrarnos a ella, pero los caminos de Dios son más altos que los caminos del mundo. Como nos recuerda “Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!” (Isaías 55:9, NVI).

Cuando elegimos sentirnos ofendidos, especialmente dentro de la iglesia, nuestro corazón puede ir enfriándose poco a poco. Se levantan barreras, las relaciones se deterioran y nos alejamos de nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Al apartarnos del rebaño, nos volvemos más vulnerables a los ataques del enemigo. Satanás desea ver a los creyentes aislados, deshonrando a Jesús y viviendo sin fe. Muchos conocemos a personas que dejaron de reunirse con otros creyentes porque se marcharon ofendidas y, con el tiempo, acabaron alejándose también de la fe.

La ofensa tiene un gran poder: “Más resiste el hermano ofendido que una ciudad amurallada; las disputas separan a los amigos como cerrojos de una fortaleza» (Proverbios 18:19 NVI). Y Colosenses 3:13 nos exhorta: “Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda” (NVI). La ofensa es una elección; el perdón también es una elección. La falta de perdón abre la puerta al tormento espiritual. En Mateo 18:34, Jesús advierte: “Entonces el señor mandó que lo metieran en la cárcel para que lo torturaran hasta que pagara toda su deuda” (NVI).

La Escritura también nos recuerda que: “Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar” (1 Pedro 5:8, NVI). Debemos tener cuidado de no darle ninguna oportunidad mediante la ofensa y la falta de perdón. Por eso, es importante examinar regularmente nuestro corazón a la luz de la Palabra de Dios y pedir al Espíritu Santo que nos muestre cualquier área donde el sentimiento de ofensa esté echando raíces. Santiago 4:7-8 nos anima: “Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes. Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes” (NVI). Que prestemos atención a la sabiduría de Proverbios 19:11: “La cordura del hombre aplaca su furor; su honra es pasar por alto la ofensa” (NVI). En los últimos tiempos, el amor de muchos se enfriará. Ofenderse con facilidad es una de las formas más sencillas de que eso ocurra.

[1] Solicitado a (y escrito por) Lynn Long, de la Isla de Man.

Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.