“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11).
Lectura: Heb. 12:6-11.
El pobre marido dice: “En mi casa hay una guerra civil, ¡y parece que Dios lucha a favor de mi esposa! ¿Cómo es posible cuando ella es la que va mal?” Desgraciadamente este es el testimonio de muchos maridos en los días en que vivimos, en los cuales el mundo ha redefinido el matrimonio a favor de la mujer. Ella ha asumido el mando y toma las decisiones para la familia. Si en tu caso se dan las pautas siguientes, es hora de volver a las Escrituras y tomar los pasos necesarios, y muy dolorosos, para volver al camino eterno. Pues Dios estableció el orden dentro del matrimonio y si queremos que vaya bien, hemos de respetarlo. Podemos tener un matrimonio feliz según las normas del mundo, pero no esperemos que salgan hijos creyentes de esta casa. Para convertir un matrimonio mundano en un matrimonio según el plan de Dios, el marido tiene que tomar la iniciativa y poner orden en su casa. El comienzo consiste en arrepentirse y reconocer que las cosas están fuera de control porque él lo ha permitido. Él es el responsable delante de Dios de restaurar el orden. En los casos en que los dos pretenden ser creyentes y la mujer funciona según la mentalidad actual, el marido está en pecado si:
- Deja que su mujer viva según el patrón del mundo.
- Él asume el papel de mujer y cumple con las responsabilidades de ella.
- Permite que sus suegros le quiten la autoridad en el hogar.
- Da dinero a su esposa para sus caprichos, permitiendo que lo malgaste.
- Le permite que se haga su voluntad y asuma el mando de la familia.
- Se somete a ella y la deja montar su vida egoístamente.
- No planta la autoridad de Dios en su hogar.
- Permite que ella malcríe a los hijos.
- No disciplina a sus hijos.
- La deja vestirse de forma provocativa.
- Permite que vivan vidas paralelas.
- Deja que ella elija la iglesia familiar a su gusto.
- No insiste en que vayan como familia a la iglesia.
- No asegura que haya lectura bíblica y oración en el hogar.
- No busca la voluntad de Dios según las Escrituras para la familia.
A todas luces la culpable es la mujer por haber aceptado la mentalidad del mundo, pero el responsable delante de Dios de esta gran desavenencia es el hombre. Ninguno de los dos tiene razón. Cada uno ha fallado en lo suyo. El extremo opuesto del machismo, o del legalismo, es igualmente inaceptable. En estos casos Dios en su amor interviene con medidas drásticas para llevarlos al arrepentimiento, a los dos. Su disciplina puede ser dolorosa a más no poder, pero es eficaz, si los dos se arrepienten. Cualquier matrimonio organizado según las directrices de las Escrituras, a la larga, puede funcionar y ser feliz.
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