“Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:24).
Lectura: Juan 20:24-29.
Mala señal que Tomás no estuviera con los 10 cuando el Señor Jesús se les apareció la primera vez. ¿Dónde estaba? Pudiera ser que estuviese tan desanimado que ni quisiese estar con ellos. Creía que el Señor estaba muerto y que él había pasado tres años de su vida en vano. Todas sus ilusiones se habían ido al trasto y su vida se había quedado vacía. La muerte de Jesús lo había dejado destrozado. Cuando los otros le dijeron que habían visto al Señor y que estaba vivo, no lo creía. Este es el discípulo un poco cínico que había dicho en la ocasión de volver a Judea para despertar a Lázaro: “Sí, vamos también nosotros, para que muramos con él” (Juan 11:16). No estaba preparado para ello.
Aunque el testimonio de los diez no lo convenció, parece que le dio un ápice de esperanza, porque no los abandonó, sino que estuvo con ellos el día en que el Señor volvió a aparecer una semana más tarde. Había tenido una semana para reflexionar. En su amor y comprensión de Tomás, el Señor volvió a aparecer al grupo de discípulos. Las puertas estaban bien cerradas por temor a los judíos cuando de repente, se presentó en medio de ellos. Tomás tuvo cuatro evidencias para convencerlo de que Jesús realmente había resucitado:
- La aparición de Jesús. Lo vio con sus propios ojos.
- Jesús entró con las puertas cerradas.
- Pudo meter el dedo en la llaga y la mano en el costado de Jesús. Le tocó.
- Jesús citó las mismas palabras que Tomás había dicho cuando Él no estuvo presente. ¿Cómo podría saber que Tomás había pedido poner el dedo en la marca de los clavos y la mano en su costado? Esto lo convenció de que Jesús era Dios, porque solo Dios sabe lo que decimos cuando estamos con los amigos y las condiciones necesarias para que creamos.
“Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (20:29). Tomás fue fiel a su palabra, dijo que creería dadas ciertas condiciones, se dieron las condiciones que él necesitaba para creer, y creyó. Todos somos diferentes en lo que nos falta para creer, el Señor lo sabe, y nos da la evidencia que necesitamos. Algunos pueden creer solo por la palabra de testimonio de un amigo. Otros necesitan una experiencia personal con Cristo, tienen que tocarlo, otros necesitan que Jesús conecte con sus pensamientos más íntimos. Y Dios en su misericordia y paciencia con nosotros nos da justamente lo que nos hace falta. ¿Después vamos a ser consecuentes? Tomás lo fue. Llevó el evangelio hasta la India. Los hermanos de allí lo veneran como el fundador de la Iglesia de la India. Allí murió como mártir aproximadamente en el año 72. Una vez que creyó fue fiel a Jesús hasta la muerte.
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