“Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído; por tanto, le invocaré en todos mis días” (Salmo 116:1, 2).
Lectura: Salmo 116:1-9.
Este salmo puede leerse desde dos perspectivas: desde la de una persona que se encuentra con la muerte mirándole a la cara, sin escapatoria alguna. Quien dice esto, también dice que desde cualquier situación devastadora que estamos viviendo. La otra perspectiva es desde la de la persona que ya ha vivido la liberación de Dios de su situación extrema.
Ahora:
Desde la perspectiva de la persona que se encuentra abrumada por lo que está viviendo se puede leer este salmo confe en que Dios traerá liberación para ella. Esta persona se encuentra en una situación límite: “Me rodearon ligaduras de muerte, me encontraron las angustias del Seol; angustia y dolor había yo hallado” (116:3). Solo un milagro de Dios puede salvarla. Clama a Dios en su angustia: “Angustia y dolor había yo hallado. Entonces invoqué el nombre de Jehová diciendo: Oh Jehová, libra ahora mi alma” (116:3.4). La liberación tenía que ser inmediata o estaría muerta. ¡Y Dios vino al rescate! “Estaba yo postrado, y me salvó” (116:6). Cuando hace falta, Dios se mueve con la velocidad de un relámpago, como hizo para el salmista. ¿Tu fe puede anticipar una respuesta tan emocionante?
Mirando adelante:
La persona que ya ha experimentado una tremenda respuesta a su clamor a Dios puede leer el salmo con gratitudy renovado compromiso con Dios. En su alivio el salmista dice: “Vuelve, oh alma mía, a tu reposo, porque Jehová te ha hecho bien” (116:7). El alma ya reposa porque el peligro ha pasado. Dios ha preservado su vida. Entonces se compromete a dos cosas: a vivir delante de Dios, siempre cerca de Él: “Andaré delante de Dios en la tierra de los vivientes” (116:9); y a seguir invocando a Dios cada día: “Porque ha inclinado a mí su oído; por tanto, le invocaré en todos mis días” (116:2). Su fe ha crecido por el rescate milagroso que ha experimentado. Entonces buscará a Dios en oración todos los días. Puede ser que la próxima necesidad no sea tan extrema, pero no por eso dejará de orar.
Este salmista clamó a Dios en su necesidad, Dios lo rescató, y ahora continuará cerca de Dios, siempre buscando al Señor en oración.
Recuerdo una intervención milagrosa de Dios tras la cual pensé: “Ahora no puedo dudar de Dios nunca más, ¡sin importar cuál sea mi necesidad! Si Dios pudo contestar a aquella oración, puede contestar a la que sea”. Pues, han pasado los años, y he visto una respuesta a la oración aún más milagrosa que la anterior. Pero el Señor no me deja dormirme en los laureles. Ahora se presenta otra igualmente desafiante, y detrás de la presente, una llamada a la intercesión para casos difíciles. Tras cada respuesta grandiosa de Dios, nuestra fe crece y también el tamaño del desafío a la fe que Dios pone delante. Así es la vida de fe, no hay descanso hasta que no lleguemos a Casa.
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