“Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación… mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios” (1 Pedro 1:18, 19, 21).
Lectura: 1 Pedro 1:18-21.
Ayer estaba hablando con mi cuñada. La pillé de paseo, disfrutando de la flora y fauna del parque ajardinado junto al lago de Michigan, cerca de Chicago. A pesar de tener una enfermedad terminal y cruel en su rapidez, hablaba de lo agradecida que está con la vida que ha tenido. Mira atrás con gran contentamiento. Me alegro de que lo haga, pero este enfoque le sirve de escudo para no pensar en el futuro. Ella es una bellísima persona, pero no conoce al Señor. Los creyentes tenemos una esperanza que colora todo nuestro pensamiento frente a la muerte, y, por agradable que haya sido nuestra vida, miramos adelante, con ilusión por lo que nos espera, no al pasado, como si no hubiese mañana.
El apóstol Pedro hace referencia a nuestra esperanza en su primera epístola. Señala que por medio de Cristo creemos “en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios”. Nuestra esperanza está puesta en Dios quien resucitó a Jesús y lo glorificó, y en que hará lo mismo por nosotros. Pedro no podría mencionar la resurrección de Jesús sin recordar el día que llegó a la tumba y la encontró vacía. De igual manera Dios nos resucitará a nosotros y nos glorificará. Estaremos con Él en gloria con un cuerpo resucitado para vivir una vida gloriosa con un cuerpo glorificado en un lugar glorioso. Esta es la esperanza del creyente. Cerramos los ojos en este mundo con sus más y sus menos para abrirlos en un mundo que supera todos nuestros deseos.
Hoy ha fallecido una mujer que ha triunfado en Cristo. Puso su fe en Él, juntamente con su marido, hace muchos años, y los dos sirvieron al Señor juntos hasta que el Señor lo llamó a él a Su presencia. Era un hombre dinámico, cariñoso, servicial, dedicado a Cristo y amado por todos, un gran hombre. Formaban un matrimonio muy unido. Cuando el marido murió, me preguntaba cómo iba ella a sobrevivir sin él y mantenerse fiel al Señor. No es que ella fuera débil, porque no lo era en absoluto, pero iba a ser difícil seguir adelante sin un hombre de su calibre a su lado. ¡pero lo hizo! A pesar de todas las dificultades, se mantuvo fiel hasta la muerte y el Señor le dio la corona de la vida, según su promesa (Apoc. 2:10). Ahora los dos están unidos de nuevo, y lo celebramos. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1Cor. 15:55-57). La ley nos convence de pecado y el pecado nos conduce a la muerte, pero Cristo pagó por nuestro pecado, y murió y rompió el poder de la muerte con la resurrección. No anuló la muerte, pero eliminó la condenación eterna para los que ponen su fe en Él. Esto lo hizo nuestra amada hermana y, por lo tanto, sale de esta vida, no a la condenación, sino a la gloria, por la obra de Cristo en la cruz. ¡Cuánto nos alegramos por ella, y celebramos su entrada triunfal en el glorioso Reino de Dios!
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