EL TEMOR DE DIOS (4)

“Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Cor. 7:1).

Lectura: Prov. 2:1-6.

            Continuamos con nuestras conclusiones acerca del temor de Dios. Hasta ahora hemos dicho que es enseñado, tanto en el Antiguo Testamento, como en el Nuevo, y también que a Dios le corresponde ser temido por cómo es. El temor de Dios está siempre vigente. Vamos a ver qué más podemos sacar de estos textos.

            El temor de Dios forma parte de la sabiduría. Es donde comienza la sabiduría. Aporta muchos bienes. Conduce a larga vida, a riquezas y honra; nos aparta del mal; nos guarda del pecado. Nos ayuda a mantener la debida relación con Dios. Nos conviene, porque Dios es temible cuando está airado. Al final de la historia veremos el pleno despliegue de la ira de Dios volcada sobre el pecado de una humanidad rebelde que no ha tenido a Dios en cuenta, ni ha respetado su ley, ni ha tratado al prójimo con justicia, ¡ni ha valorado el poder de su ira contra toda impiedad!

            El temor de Dios procede de recibir su Palabra, de estudiar y meditar en ella, y conduce a una vida de obediencia a ella y amor para con el Señor.    

            De hecho, todo se lleva a cabo mediante el temor de Dios: la búsqueda de Dios, de la sabiduría, de la prudencia, y de la inteligencia. Este temor forma parte del servicio a Dios y también de la adoración de su Persona. La base de toda la vida cristiana es el temor de Dios. Temer a Dios es otra manera de decir “creer en Dios eficazmente”. Creer en Dios sin temerlo, obedecerlo y servirlo no conduce al fin eterno que todos deseamos, sino que engaña siendo una religión estéril. En lugar de hablar de “creer en Dios”, sobre todo en el Antiguo Testamento, la Biblia habla del temer a Dios. Es lo mismo y bastante más, pues, no se puede creer en Dios sin temerlo y obedecerlo.

            Temer a Dios forma parte de la espiritualidad y la santidad. Va con la sabiduría, la inteligencia y la plenitud del Espíritu Santo. Leemos: “Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1). Con este texto vemos lo que Dios desea ver en una persona que profesa fe en Él. Dios espera ser temido. Lo encuentra lógico, prudente, y beneficioso para el hombre hacerlo. Si alguien conoce a Dios, cae por su propio peso temerlo. Es tener a Dios en alta estima; es valorarlo, respetarlo, honrarlo y amarlo. A Dios le agrada ser temido.

            Jesús, siendo quien era, tuvo temor de Dios. El temor de Dios no es incompatible con la intimidad con Dios, al contrario, forma parte de ella.

Por nuestra parte servimos a Dios agradándolo con temor y reverencia y nos conducimos en el temor de Dios todo el tiempo de nuestra peregrinación en este mundo, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.   

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