EL TEMOR DE DIOS (3)

“Será exaltado Jehová, el cual mora en las alturas; llenó a Sion de juicio y de justicia. Y reinarán en tus tiempos la sabiduría y la ciencia, y abundancia de salvación; el temor de Jehová será su tesoro” (Is. 33:6).

Lectura: 1 Pedro 1 14-17.

“¿Por qué, oh Jehová, nos has hecho errar de tus caminos, y endureciste nuestro corazón a tu temor? Vuélvete por amor de tus siervos, por las tribus de tu heredad” (Is. 63:17).

“Tu maldad te castigará, y tus rebeldías te condenarán; sabe, pues, y ve cuán malo y amargo es el haber dejado tú a Jehová tu Dios, y faltar mi temor en ti, dice el Señor, Jehová de los ejércitos” (Jer. 2:19).

“Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo” (Hechos 9:31).

“Cómo está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda… No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Rom. 3:10-18).

“Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Cor. 7:1).

“Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef. 5:21).

“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Heb. 12:28).

“Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Pedro 1:17).

 Conclusiones:

            Empezamos con la conclusión más evidente: El temor de Dios es vigente hoy. Es enseñado tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo como cosa esencial para la vida de fe. Dios debe ser temido, porque incurrir en su ira es terrible. Lo que nos debe motivar a obedecer al Señor es el amor, pero si falta el amor, baste el temor para que no nos estrellemos en la vida. Es como conducir un coche. Seguimos las normas de la buena conducción para no tener un accidente. Esto no es legalismo, sino prudencia. Es tener amor al prójimo, para no dañarlo, pero si nos falta el amor al prójimo, igualmente nos conducimos bien para no hacernos daño a nosotros mismos. Todas las leyes de Dios son para nuestra protección. Son sabias y justas. Beneficiamos a los demás cuando las obedecemos. Más allá de estas consideraciones está el respeto a la inteligencia del Señor, la confianza en sus buenos propósitos para nosotros, y el deseo de agradar al que tanto amor ha derramado en nosotros. Aun si no hubiese ley, temeríamos a Dios porque Él es digno de ser temido, y es la respuesta normal frente a su grandeza y hermosura.

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