AMISTADES EN EL SEÑOR

“Para los santos que están en la tierra, y para los íntegros, es toda mi complacencia” (Salmo 16:3).

Lectura: Salmo 16:1-6.

            David tiene una relación tal con Dios que solo puede compartirla con pocos amigos, los que son íntegros. No todos los creyentes lo son.  Muchos tienen una mezcla de cristianismo y mundanalidad, o de buena doctrina y legalismo, y, por lo tanto, no pueden oír la voz de Dios o ir recibiendo de Él. Los hay que ni creen que esto exista. Pedro, hablando del tema, dijo a Jesús: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). “La palabra de Dios es viva” (Heb. 4:12), y sigue siéndolo, no de forma automática, sino cuando va siendo llenada de vida por el Espíritu Santo. La muestra de que no es automática es que cuando un Testigo de Jehová lee la Palabra no recibe vida, porque no tiene el Espíritu Santo trabajando en su entendimiento. El hecho de tener el Espíritu Santo tampoco significa que siempre recibimos vida de la Palabra; esto ocurre solamente cuando estamos viviendo en el Espíritu. Es con estos creyentes que David podía tener comunión. Un creyente íntegro es uno que está permaneciendo en Cristo.

            Por este motivo Pablo oraba: “que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento” (Ef. 1:17, 18). Si esto no ocurre, no recibimos nada de la Palabra, pero si ocurre, recibimos muchísimo. Nos va sorprendiendo lo que Dios nos revela de nuevo de un pasaje que hemos leído mil veces. Siempre tenemos mucho que compartir. Por esto buscamos amigos que quieren escucharnos hablar de lo que hemos recibido de nuevo de la Palabra y ellos hacen lo mismo. Estos son los amigos que David buscaba.

            La relación que David tenía con Dios era hermosa. De Dios dice: “En ti he confiado” …Tú eres mi Señor; no hay para mi bien fuera de ti” (16:1, 2). Esto ya lo dice todo. ¿Cuántos creyentes solo encuentran bien en Dios, y no desean nada fuera de Él? Estos eran los amigos de David, personas del calibre de Jonatán. David confiaba en que su vida estaba en manos de Dios y que todas las cosas que él no podía controlar, Dios las llevaría; escogería por él: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte” (16:5). Dios es el que decidía lo que David iba a tener por posesión suya. Y su posesión más apreciada era Dios mismo. De allí venía su gozo: “Señor, sólo tú eres mi herencia, mi copa de bendición; tú proteges todo lo que me pertenece. La tierra que me has dado es agradable; ¡qué maravillosa herencia!” (16:5, 6, NTV). No solo tenía al Señor, sino muchas cosas más, pero estas no las tenía aparte, sino como parte de su herencia en Dios. Con las personas que veían la vida así, con las que tenían a Dios como su sumo bien y el dador de todo lo bueno que tenían, con ellos David podía compartir, porque podían entenderlo cuando hablaba del Señor y podían orar unidos con él, porque compartían el mismo Dios.

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