“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tus palabras, y tenido por puro en tu juicio” (Salmo 51:1-4).
Lectura: Salmo 51:5-9.
David ahora ve su pecado. Cuando estaba sumergido en él, su conciencia no le decía nada. No funcionó. Si Dios no le hubiese hablado por boca del profeta Natán, nunca habría visto su pecado. ¿Cómo es posible? Nuestra carne es muy fuerte, sus pasiones nos arrastran, y las justificamos, porque el corazón es engañoso. ¡Colabora con la carne! La sociedad en que vivimos también justifica la satisfacción de nuestros deseos carnales: “Todo el mundo lo hace”. No es hasta que Dios nos muestra cómo nos hemos contaminado por el egoísmo de nuestros corazones que lo vemos. En estas condiciones el mejor regalo que Dios puede darnos es la convicción de pecado. Es la puerta para entrar en la realidad de cómo somos. Cuando ya estamos convencidos de nuestro pecado, este salmo expresa nuestros sentimientos. Cualquier reconocimiento rápido y superficial de nuestra culpa no consigue el perdón de Dios. Al contrario, nos endurece y nos engaña, introduciéndonos a pensar que hemos conectado con Dios, pero no es cierto.
Notemos que la confesión de pecados incluye un reconocimiento de que el pecado es rebeldía contra Dios (51:1), que nos ensucia (51:2), que el pecado es contra Dios (51:4), que Dios es justo al condenarnos si no lo solucionamos (51:4), que el pecado nace con nosotros (51:5), pero si Dios nos limpia seremos blancos como la nieve (51:7), que Dios tiene que crear en nosotros un corazón limpio y un espíritu recto o no lo tendremos nunca (51:10); y que, si no hay perdón, Dios nos echa de delante de Él (51:11). Después de ser perdonados, podremos llevar a otros al Señor (51:13), cantaremos de su justicia (51:14), sabremos que Dios nunca desprecia un espíritu contrito y humillado (51:17), y edificaremos para el reino de Dios (51:18).
Cuando estamos bajo convicción de pecado, de repente la cruz tiene sentido. Comprendemos que por este motivo murió Jesús. Que Él es mi salvación. Esta comprensión me viene por vía de revelación. Me agarro con todas mis fuerzas a Jesús como mi única esperanza de salvación. En algunos casos este es el momento en que Dios nos salva, en otros, ya éramos salvos, como David, pero el engaño del pecado nos había cegado, habíamos caído en él, y hemos de volver a la Cruz.
Siempre que peco vuelvo a la cruz y siempre es nuevo y real para mí. Vivo en la realidad de lo que hizo Jesús por mí, voy recibiendo cada vez más liberación de cómo soy, de los pecados endémicos que forman parte de mi naturaleza. Clamo a Dios diciendo: “Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado” (51:2), porque hay pecado que todavía no he visto. Y Dios en su gracia y amor me lo va manifestando. No puedo hacer otra cosa que alabarle por esta gran salvación que viene de la Cruz y por el don de la convicción de pecado que me lleva muchas veces a esta Cruz.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.