ROMPIENDO EN FE

    

“Aunque un ejército poderoso me rodee, mi corazón no temerá. Aunque me ataquen, permaneceré confiado. Lo único que le pido al Señor, lo que más anhelo, es vivir en la casa del Señor todos los días de mi vida, deleitándome en la perfección del Señor y meditando dentro de su templo. Pues él me ocultará allí cuando vengan dificultades; me esconderá en su santuario. Me pondrá en una roca alta donde nadie me alcanzará. Entonces… en su santuario ofreceré sacrificios con gritos de alegría, y con música cantaré y alabaré al Señor” (Salmo 27:3-6, NTV).
 
Lectura: Salmo 27:1-6.
 
David escribe este salmo pensando en la gran victoria que Dios le va a dar y es capaz de alabarlo antes de que venga. Está tan confiado en que Dios lo salvará de sus dificultades que ni pide por eso. Lo que pide es que Dios le dé el privilegio de permanecer en su presencia todos los días de su vida. Su deseo es para Dios, no para escapar de la muerte que su poderoso enemigo tiene planeada para él. Cuando dice: “aunque un ejército acampe contra mí”, no está exagerando, porque eso es lo que le pasó. Añade que, aunque lo ataquen, que es peor, él permanecerá confiado. Y esto le pasó. David estaba en una situación imposible. No había esperanza posible para que escapara con vida. Su enemigo poderoso había determinado su muerte, pero David no tuvo un ataque de pánico, sino que anticipaba la gran victoria que Dios le iba a dar, ¡y pensando en cómo lo alabaría después!  
 
            Es como si nosotros estuviésemos rodeados de problemas que no tienen solución humana, y que van de mal en peor. Es como si se fuera complicando la vida hasta tal punto que la persona normal perdiera toda esperanza y se hundiese en una depresión. Pero nosotros no somos normales y corrientes. Somos personas de fe. Y nuestra primera prioridad no es la solución de nuestros problemas, sino el deseo de estar escondidos en Cristo en un lugar espiritual donde el enemigo no pueda alcanzarnos. Nuestros pensamientos van a estar ocupados con Dios, “meditando en la perfección del Señor” (27:4). Si esto es así, el enemigo no puede llegar a nuestra alma. No puede quitar nuestro gozo. No puede desmoralizarnos y meternos en depresión. No podrá separarnos del amor de Dios. Este amor nos seguirá llegando, dándonos fuerza, ánimo, y gozo.    
           
La alabanza de David se caracterizaba por dos cosas: una anticipación de victoria, es decir, una expresión de fe; y también una expresión emotiva. David alaba a Dios por la victoria que Él le va a dar: “Él me ocultará cuando vengan dificultades” Está seguro de esto. El enemigo no lo va a tocar: “Nadie me alcanzará”. Entonces David va a ofrecer una alabanza sumamente emotiva: “En su santuario ofreceré sacrificios con gritos de alegría, y con música cantaré y alabaré al Señor”. David no alaba a Dios con cosas que sabe de Él. No es cerebral. Lo alaba con toda la fuerza de su alma, con alegría profunda, con gozo auténtico, ¡con ánimo! Lo alaba por lo que sabe que Dios le hará, por la hermosura de Dios que ve con los ojos de la fe, y por la gran victoria que Dios le va a dar, que también ve con los ojos de la fe. Y esta es la victoria, aun nuestra fe.
 
Padre amado, alabado seas grande y enérgicamente. ¡Tú nunca has perdido una batalla! Eres un Dios de guerra y siempre ganarás la victoria. ¡Amén y alabado seas!   

   

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