“No digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría” (Eclesiastés 7:10).
Lectura: Ec. 7:8-12.
Hay una tendencia en todos nosotros a quejarnos y decir: “el pasado fue mucho mejor que el presente”, o “el futuro será mejor”, o “el peor tiempo que jamás hemos vivido es el presente”, ¡olvidando que nunca hemos vivido en ningún otro tiempo! Nuestra experiencia no sirve como revelación para comprender el fundamento de la vida. Es el pensador extraordinario, el hombre con una experiencia extrema, y no el hombre corriente, el que llega a la verdad del fundamento de las cosas. Cuando tratamos con pensadores importantes como Salomón o Shakespeare, llegamos a la verdad fundamental de la vida; no la descubrimos por experiencia propia. La mayoría de nosotros no nos preocupamos por hacernos las preguntas fundamentales de la vida; vivimos vidas sanas normales y no nos molestamos en pensar, pero cuando se presenta un revuelo fundamental mostrando que la base de las cosas no es racional, encontramos el valor de lo que enseña la Biblia, que es que la base de las cosas es trágica y no racional, y que la guerra [se refiere a la Primera Guerra Mundial que transcurría en aquel momento] ha demostrado que la Biblia tiene razón. Tenemos que vivir basándonos en nuestra relación con Dios en la realidad de las cosas tal como son.
Al comienzo de la guerra, lo que se llamaba la religión cristiana era principalmente un culto a la reminiscencia. A cualquier denominación, incluyendo grupos religiosos que no se consideran a sí mismos denominaciones, se le podía preguntar: ¿Es vuestro objetivo principal el llevar a la gente a Cristo y hacerlos discípulos para que lleguen a parecerse a Jesús, o es más bien el de enseñarles la doctrina particular que sostiene vuestra denominación? Creo que, en todos los casos, la respuesta correcta sería la segunda. En consecuencia, cuando la crisis nos golpeó, el elemento religioso del país fue impotente para enfrentar la situación. Había personas espirituales que sí, en cada denominación había quienes eran la verdadera “sal de la tierra”, pero en general las iglesias no estaban preparadas para enfrentar la guerra.
La pasión por la reminiscencia, la añoranza de tiempos pasados, gobernaba por todas partes, las viejas maneras de hacer las cosas. Un avivamiento no añade nada; simplemente trae de vuelta lo que se había perdido y es una confesión de fracaso. Los efectos de un avivamiento pueden ser deplorables: “¡Ojalá pudiésemos volver a los días antiguos de sencillez y sol!, de coser y cantar. Las cosas están mal y muy difíciles ahora, pero ni una décima parte de lo difíciles que solían ser. No sirve para nada orar por los viejos tiempos. Mantente firme donde estás ahora y haz que el presente sea mejor que cualquier tiempo pasado. Basa todo en tu relación con Dios y sigue adelante, y pronto descubrirás que lo que está surgiendo es infinitamente mejor que todo el pasado. El presente supera al pasado porque tenemos la riqueza del pasado para construir un futuro mejor. Salomón no está hablando de evolución, sino de un simple hecho, de mirar adelante, no al pasado.
[1] Oswald Chambers. La Sombra de su Mano; Charlas sobre el Libro de Eclesiastés (traducido)
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