JUSTICIA EN LA TIERRA (1)

     

“He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones” (Isaías 42:1).
 
Lectura: Is. 42:1-6.
 
            Este mundo es un lugar injusto. La gente pregunta: ¿Por qué lo permite Dios? Dios es más consciente de la injusticia que nadie, está airado, fulminará la tierra por su maldad, pero no la quiere juzgar todavía, porque desea que más personas sean salvas. Lo que Dios ha hecho para traer justicia a la tierra es enviar a su Hijo para hacer posible que el hombre sea justo: “El traerá justicia a las naciones”. Para capacitarlo para esta tarea magna Dios le promete a su Siervo dos cosas: “He puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones” (42:1), y “Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré” (42:6). El Espíritu Santo y el Padre lo capacitaron para realizar su misión. Jesús es el Justo que va a traer justicia a la tierra.
 
¿Cómo lo hizo y cómo lo hará? Lo hizo asumiendo toda la maldad del hombre en sí mismo, llevándola a la muerte en su cuerpo en la cruz: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Así es cómo Dios quitó la maldad del mundo para hacer posible que seamos justos. El problema es que el hombre no quiere dar su pecado a Jesús para que Él lo quite de en medio; prefiere quedarse con su injusticia. Pero los que lo desean son hechos justos. Esto es al nivel individual. Todavía queda el proyecto de llenar la tierra con justicia. La profecía dice: “No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley” (42:4). ¿Por qué no dice: “Las costas esperarán su justicia”? Porque es lo mismo. La ley define la justicia. Para saber lo que está bien y lo que está mal está la ley de Dios que lo estipula. La persona justa obedece la ley de Dios. Pero la mayoría prescinden de la ley de Dios y prefieren establecer su forma de justicia que es la injusticia que prevalece en el mundo hoy.
 
Pero el proyecto de Dios sigue en pie. La primera parte de la misión de Jesús prosperó. Jesús vino para establecer justicia en la tierra y lo hace en el plan individual. Ofrece quitar nuestro pecado, hacernos justos, y escribir su ley en nuestro corazón para que vivamos vidas justas: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos y los pongáis por obra” (Ez. 36:27). Cuando damos a Jesús nuestro pecado y recibimos de Él su justicia, Él nos da su Espíritu quien nos capacita para vivir una vida de justicia, de acuerdo con la ley de Dios. Las personas que desean justicia y dejan que Dios las haga justas en Cristo, formarán parte de su reino de justicia. Y es así cómo Jesús establece justicia en la tierra. Muere para quitar el pecado y hace justos a los que responden. Así, poco a poco, con persona tras persona, Dios va creando una nueva raza de personas que han sido limpiadas de sus pecados y hechas justas delante de Dios y viven en justicia y obediencia a la ley de Dios. Estas personas constituyen una nueva humanidad. Cuando vuelva Jesús a reinar, juzgará la tierra: los que no quisieron ser hechos justos serán condenados y los que han sido hechos justos por la sangre de su cruz reinarán con él eternamente en un reino indestructible de justicia y paz. Entonces el mundo será eternamente justo.

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