“Pues, aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Cor. 10:3-5).
¿Cuántos de nosotros controlamos nuestros riñones? ¿O el latir de nuestro corazón? ¿O el hígado? Nadie. Estas cosas funcionan por sí solas. A diferencia de los demás órganos de nuestro cuerpo, tenemos la responsabilidad de controlar la parte consciente de nuestra mente, nuestros pensamientos.
Hemos comprendido que tenemos que controlar nuestra “carne”, pero tardamos en comprender que tenemos que controlar la mente. La enseñanza bíblica es que tú mandas sobre tu cuerpo y te obedece. Eres responsable de disciplinar tu cuerpo. En el caso del inconverso, su cuerpo lo gobierna. Hace lo que su cuerpo le pide. Si le pide sexo, una noche de juerga, bebida, tabaco, droga, ocio, descanso, comida, se lo da. Si quiere pasar la noche en la disco y dormir por el día, lo consiente. Así va la gente del mundo, pero el creyente, no. El creyente tiene el poder del Espíritu Santo para controlar su cuerpo. Lo mismo es cierto de su mente. Tú tienes que disciplinar tu mente. Dios no la controla. Te ha dado libertad para que tú la puedas controlar. Nuestra responsabilidad es la de “llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”.
Esta es una lucha. “Las armas de nuestra milicia” son poderosas en Dios para destruir pensamientos que realmente son fortalezas del enemigo en nuestra mente desde las cuales él lucha en contra de la obra de Dios y la voluntad de Dios para nosotros. ¿Qué son estas armas que hemos de usar para luchar contra pensamientos dañinos? Son el escudo de la fe y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (Ef. 6:16, 17). Como el Señor Jesús en las tentaciones (Mat. 4), usamos la Palabra para examinar los pensamientos, a ver si concuerdan con la Biblia o no. Viene un pensamiento volando por el aire para instalarse en nuestra mente. ¿Lo damos por bueno o no? Si no, fuera. El enemigo es muy astuto. Nos manda un mal pensamiento, y luego nos acusa de tenerlo. Pensamos que es nuestro, pero no lo es; ha venido de él. Nos engaña haciéndonos pensar que hemos pensado esta cosa tan fea, pero no es nuestra culpa, solo es una tentación, y ser tentado no es pecado. Llega a ser pecado cuando lo recibimos y damos abrigo a este pensamiento en nuestra mente y lo aceptamos como nuestro y pensamos así. Pero si lo rechazamos, no hemos pecado.
Se sabe cuándo un pensamiento ha venido del maligno porque desalienta, desanima, entristece, acusa a otros, nos acusa de cosas ya perdonadas y nos hace sentirnos culpables; también cuando te recuerda una situación que no tiene remedio, y, sobre todo, cuando no concuerda con la Palabra de Dios. El diablo es el acusador de los hermanos. Cuando nosotros los acusamos también, entramos en su juego. Hemos de interceder por ellos, ¡no pensar cosas malas sobre ellos! Cuando examinamos un pensamiento y reconocemos que viene del maligno, lo rechazamos y no seguimos pensando en aquello. Nos ponemos a darle gracias a Dios y a alabarlo, como antes, contentos de no haber caído en la tentación de pecar con la mente.
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