UN GRITO DE ANGUSTIA[1]

“Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; he venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios” (Salmo 69:1-3).
 
Lectura: Salmo 69:1-4, 9-21.
 
En nuestras últimas pruebas lo hemos pasado mal; no obstante, me daba cuenta de que el Señor no nos ha afligido hasta ese nivel descrito por el salmista, porque no hemos clamado así de angustiados. Sin embargo, aun en ese clamor desesperado que ha dejado al salmista cansado de clamar por respuesta a Dios, él sigue esperando la respuesta que aún no llega, sigue esperando en Dios.
 
Me impactó cómo ha clamado, como ha gritado hasta que su garganta ha quedado roja. Mucho tiempo ha clamado y no ha tenido respuesta. Me doy cuenta más claramente, desde la propia experiencia, que no es nada nuevo o extraño que Dios retenga su respuesta, su liberación, por un tiempo y que nos tenga en la “sala de espera”, clamando, rogando y esperando.
 
Pero luego más adelante el salmo dice: “Me pusieron además hiel por comida, Y en mi sed me dieron a beber vinagre” (Salmo 69:21). Me desarmó este versículo. Nuestro Señor clamó desde lo profundo de su ser antes de enfrentar la cruz, clamó y rogó y esperó, pero, aun así, sufrió la separación con el Padre. Sin embargo, a pesar de que era la voluntad de Dios que sufriera la cruz, también fue oído, porque “el Santo no vio corrupción”: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (Heb. 5:7). “El patriarca David, siendo profeta, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción” (Hechos 2:31).
 
Jesús en su angustia por la Cruz clamó, y clamó, y clamó…
 
Tiene tanto valor lo que dice Hebreos: que tenemos un Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nosotros: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no puede compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:15, 16). El creyente nunca está solo en su angustia, ni en su prueba, ni en su clamor, ni en el tiempo de esperar la respuesta de liberación. ¡Gloria a Dios!
 
Después de meditar en estos textos yo concluía que con mi esposo en este tiempo de incertidumbre no hemos sido afligidos como el Señor Jesús, ni como Job, ni como los mártires, que el Señor ha sido misericordioso con nosotros aun en la prueba, y eso me ha dado gozo y ha renovado mis fuerzas para buscar la gloria de Dios en la respuesta de mi corazón en este tiempo de espera.
 
Espero que esto anime y reconforte también tu corazón.

[1] Escrito por Laura Roa, una amada hermana de Chile.

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