“Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios” (Apoc. 2:7).
Lectura: Gen. 3:21-24.
Es curioso que dos de los árboles del Huerto del Edén tengan nombres según la función que desempeñan: el árbol de la ciencia del bien y del mal, y el árbol de la vida. ¿También había un árbol de sabiduría y un árbol de bondad y un árbol de compasión? Ya lo sabremos cuando lleguemos al paraíso de Dios. De momento queremos ocuparnos del árbol de le vida. Cuando Adán y Eva pecaron, Dios en su misericordia tuvo la precaución de protegerlos de cometer el error de comer del árbol de la vida para que no viviesen para siempre en este cuerpo de pecado, cada vez más viejos y cada vez más feos. Pues, de este árbol leemos: “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre” (Gen. 3:22). Para impedirlo Dios colocó querubines con una espada encendida para bloquear el camino del árbol de la vida para la protección del hombre caído.
Jesús habló del paraíso con el hombre que murió al lado suyo, que había puesto su fe en Él, prometiéndole: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Incluimos la última parte de su conversación: “Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lu. 23:42, 43). El paraíso es el destino de los que hemos puesto nuestra esperanza en Jesús para entrar en su reino, los que hemos recibido el perdón de nuestros pecados por medio de la fe en la sangre de su sacrificio realizado en la Cruz del Calvario. En este paraíso encontraremos de nuevo el árbol de la vida.
Es muy interesante que Jesús estuviese clavado al árbol que daba vida cuando habló con este hombre del paraíso. Es como si el árbol de la vida del paraíso de Génesis fuese tallado para formar la cruz de Cristo para que siguiese con la función por la cual la creó Dios, es decir, dar vida. Los que hemos sido lavados en la sangre que fluye de la cruz hemos encontrado la vida eterna por el servicio que este árbol rindió.
Al final de la Biblia leemos del árbol de la vida otra vez. ¡O bien ha resucitado, o bien ha rebotado de sus raíces después de ser cortado para formar la cruz! ¡Ya veremos cuando lleguemos! “Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes un fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones” (Apoc. 22:1, 2). ¡El árbol de la vida se ha multiplicado! Ahora hay muchos y sus hojas están para la sanidad, o salvación, de las naciones. Es ciertísimo que la cruz es para la salvación y sanidad de las naciones. Esta misma escena está profetizada en Ez. 47:1-12. En la cruz de Cristo tenemos salvación, sanidad y vida eterna. Ella es en verdad el árbol de la vida.
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