“Haced morir, pues lo terrenal el vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia… en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas” (Colosenses 3:5, 7).
Lectura: Col. 3:5-13.
Yo era una oveja descarriada, no amaba el redil;
no amaba la voz de mi Pastor, no me dejaba guiar.
Yo era una hija rebelde, no amaba mi hogar;
no amaba la voz de mi Padre, amaba vagar lejos.
El Pastor buscó a sus ovejas, el Padre buscó a su hija;
me siguieron por valles y colinas, por desiertos yermos;
me encontraron al borde de la muerte, hambrienta, débil y sola;
me ataron con lazos de amor, salvaron a la errante.
Me hablaron con tierno amor, levantaron mi cabeza gacha,
cerraron suavemente mis heridas sangrantes, alimentaron mi alma desfallecida;
lavaron mi inmundicia, me limpiaron y me dejaron hermosa;
me trajeron a mi hogar en paz, a la errante tan buscada.
Jesús es mi Pastor: Él fue quien amó mi alma;
Él fue quien me lavó con su sangre, Él fue quien me sanó.
Fue Él quien buscó a la oveja perdida, quien encontró a la oveja descarriada,
fue Él quien me trajo al redil, Él es quien aún me cuida.
Ya no soy una oveja errante, amo ser guiada;
amo la tierna voz de mi Pastor, amo la paz del redil.
Ya no soy una niña rebelde, ya no quiero vagar;
amo la voz de mi Padre celestial, amo, amo su hogar.
Horatious Bonar, 1808-89
“De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Cor. 5:17). Esto es cierto por dos motivos, porque hemos recibido el Espíritu Santo quien es el Espíritu de la santidad, por un lado; y también porque hemos puesto de nuestra parte y hemos crucificado las cosas de nuestra vieja naturaleza. Si todavía andamos en ellas, es para cuestionar si hemos sido salvos, pero si notamos un gran cambio es porque realmente hemos muerto y resucitado con Cristo y el Espíritu Santo ha entrado en nuestra vida y nos va transformando.
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