“Mirad por vosotros mismos. Si un hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale” (Lucas 17:3, 4).
Lectura: Lucas 17:1-5.
Hemos estado meditando en cómo Pedro fue reconciliado con Jesús después de cometer una ofensa muy grande. Los hay que nunca pueden perdonar una ofensa. Guardan rencor en sus corazones y sienten lástima de sí mismos por el gran daño que les fue hecho. Sienten resentimiento hacia el otro y pena por sí mismos. Lo cuentan a otros: “¡Qué daño me ha hecho Fulano!”, y buscan la simpatía de los demás. En cuanto a eso la Biblia dice: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira gritería y maledicencia, y toda malicia” (Ef. 4:30, 31). “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que, brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:14, 15).
En lugar de reaccionar mal, la forma de responder frente a una ofensa es la que el Señor enseña: “Mirad por vosotros mismos. Si un hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale” (Lucas 17:3, 4). Si alguien nos ha ofendido hemos de confrontarlo con lo que ha hecho y escuchar lo que él tiene que decir. Puede ser que hayamos imaginado una ofensa cuando esta no fue la intención de la persona. Puede ser que le estemos atribuyendo motivaciones que no tenía. Si es un pecado evidente el que ha cometido, hemos de reprenderlo. Si él responde confesando su pecado y reconociendo su maldad y pide perdón, lo hemos de perdonar. Así conseguimos la reconciliación con esta persona. La manera en que mantenemos relaciones es por medio de la honestidad, la confesión, el perdón y la reconciliación, cada uno haciendo la parte que le corresponde.
No vamos por la vida haciendo una lista de personas a las que no tratamos porque nos han ofendido. Aun si no quieren reconocer su falta, hemos de perdonarlas. Aunque esto no restaura la relación, nos da paz con Dios. Dejamos el asunto en sus manos porque Él ha dicho: “No paguéis a nadie mal por mal: procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagare, dice el Señor. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Rom. 12: 17, 18, 1, 21).
Nos consolamos con el ejemplo de José: Cuando sus hermanos le pidieron perdón, se conmovió y respondió: “No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón” (Gen. 50:17-21). Que Dios nos dé la gracia para hacer lo mismo.
Copyright © 2025 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.