“Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33).
Lectura: Jeremías 31:31-34.
¿Cuál es la diferencia entre el nuevo pacto que Jeremías profetiza aquí y el viejo pacto de la ley? Los Diez Mandamientos no cambian. Dios sigue siendo nuestro Dios y nosotros su pueblo. La diferencia no consiste en los Diez Mandamientos, sino en dónde están escritos. En el viejo pacto fueron escritos en piedras, en las tablas de la ley de Moisés, pero en el nuevo pacto están escritos en nuestra mente y en nuestros corazones. Significa que Dios cambiará nuestra manera de pensar y que saldrá de nuestro corazón obedecer la ley. La amaremos y la desearemos cumplir, cosas que también eran ciertas de los creyentes de la vieja dispensación, pero ¡la cumpliremos!, cosa que ellos no hicieron. Dice Dios: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cual haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá, no como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová” (31:31, 32). ¿Vamos a ser mejores que ellos? No. ¿Por qué vamos a cumplir la ley y ellos no? ¡Porque Dios va a poner su Espíritu en nuestros corazones, y el fruto del Espíritu Santo es el amor y el amor es el cumplimiento de la ley!
Los israelitas tuvieron que cumplir la ley porque era su obligación. Su motivación era su sentido del deber. Pensaban: “Debo cumplir la ley”. Nosotros tenemos el Espíritu Santo, por lo tanto, no cumplimos la ley por un sentido del deber, sino por la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones. Pensamos: “Puedo cumplir la ley porque el Espíritu Santo está en mi corazón y Él ama”. Es automático para Él, porque Dios es amor. El sol no piensa: “Debo dar luz”; la da porque es el sol. Es parte de su esencia. Dios ama porque es su naturaleza. No puede dejar de amar. No nos amaría menos aun si se lo propusiese, porque no puede, porque el amor es su naturaleza. Cuando tenemos el Espíritu Santo en nuestros corazones, amamos: “El fruto del Espíritu es amor…” (Gal. 5:22). Así que, ¿qué tengo que hacer para poder amar? Cultivar la relación con el Dios. Llenarme de su Espíritu. No bloquearlo. No entristecerlo. ¡No apagarlo, desde luego! Si estoy lleno del Espíritu, en plena comunión con Dios, sin abrigar pecados, amaré: “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Rom. 13:10).
¿Cuáles son los pecados que apagan el amor?, o sea, ¿cuáles son los pecados que bloquean el fluir del amor del Espíritu Santo? Todo pecado interfiere con la obra del Espíritu Santo, pero vamos a nombrar uno. Es el pecado de juzgar. Juzgamos a una persona y la despreciamos. Creemos que nuestro juicio es justo. Juzgamos su motivación, aun cuando hace lo bueno. Pensamos que podemos ponernos dentro de la cabeza de una persona y saber cómo piensa. Pensamos: “Esta persona es egoísta. Esta persona es orgullosa. Esta persona quiere ser el centro de la atención. Está fingiendo. Es falsa. Está mintiendo”. Cuando hemos juzgado a la persona, la esquivamos. Hablamos mal de ella a otros. Cortamos la relación con ella. Dejamos de amarla.
Padre amado, perdónanos por juzgar. Muéstranos cualquier pecado que bloquee el amor. Queremos andar en la plenitud del Espíritu para amar. Amén.
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