“Si alguno viene a mí, y no aborrece a hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26, 27).
Lectura: Lucas 14:31-35.
El coste de ser discípulo de Cristo es total. Uno tiene que estar dispuesto a renunciar hasta a su propia vida. El Señor Jesús expone las condiciones con absoluta claridad. Luego pone dos ejemplos, el del hombre que pensó edificar una torre, y el que tenemos delante ahora, el del rey que está considerando ir a la guerra contra otro rey. Vamos a mirar este segundo.
“¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero a considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz” (14:31, 32). Recordemos que estamos hablando del coste de ser discípulos de Jesús, así que vamos a interpretar este ejemplo en el contexto del discipulado. El rey con el ejército menos numeroso puede contar el coste en dos sentidos, el coste de perder la guerra, o el coste de acatar las condiciones de paz. Si pierde la guerra tiene diez mil muertos y pierde su trono. Esto es muy costoso. Si se rinde antes de luchar y pide condiciones de paz, salva la vida de sus soldados, pero pide autonomía y tendrá que pagar tributo al otro rey. Su país llega a pertenecer al otro y su gente será esclavizada y sus bienes pasarán a ser los del rey del otro país. O bien luchan, o bien se rinden y el rey lo tiene que pensar bien. Si lucha, hay la posibilidad de ganar. Si se rinde, no la hay.
¿Qué tiene que ver esto con el coste del discipulado? Tenemos un poderoso rey con un enorme ejército detrás que nos ha declarado la guerra. ¿Cuáles con nuestros recursos si vamos a la guerra? Todo lo que Dios nos ha dado en Cristo. “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas…” (2 Cor. 10:4). Pablo habla de la guerra espiritual en la cual ya estamos inmersos: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados…” (Ef. 6:12ss). Cuando una gran multitud vino contra el rey Josafat, él buscó a Dios diciendo: “Jehová, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos, y tienes dominio sobre todos los reinos de las naciones? ¿No está en tu mano tal fuerza y poder, que no hay quien te resista?” (2 Cron. 20:6). A continuación, viene la historia de cómo Dios le dio la victoria sobre un enemigo mucho más poderoso que él, la misma victoria que Dios nos ha prometido a nosotros.
Si decidimos que no queremos luchar contra el diablo y sus huestes, capitulamos y pedimos las condiciones de paz, aceptando que estas puedan ser que seamos esclavos suyos, cedamos ante su dominio en nuestras vidas, y perdemos todo. Es más, como nuestro enemigo es mentiroso, no habrá paz. Con él nunca hay paz. Seremos atormentados. Así que, contando el coste, es más costoso rendirnos al enemigo que ir a la batalla con él. Fe es la victoria (1 Juan 5:4), y con Dios a nuestro lado la victoria nos es garantizada, aunque nos cueste la vida, porque ya se ganó en la cruz.
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