BETSABÉ (4)

  

“Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Jehová” (2 Samuel 11:27).
 
Lectura: 2 Samuel 11:18-12:7.
 
            Continuamos con el sórdido culebrón. Joab envió un mensajero a David con las noticias de la batalla y concluyó diciendo: “Murieron algunos de los siervos del rey; y murió también tu siervo Urías heteo” (11:24). David le devolvió el mensaje siguiente: “No tengas pesar por esto” (11:25). Cuando la mujer de Urías oyó que su marido había muerto, hizo duelo por él, “y pasando el luto, envió David y la trajo a su casa; y fue ella su mujer, y le dio a luz un hijo” (11:27). Muy bonito. Todo legal, pero Dios nunca consideró a Betsabé la esposa de David, sino la de Urías. Así figura ella en la genealogía del Señor Jesús: “e Isaí engendró al rey David; y de la de Urías, David engendró a Salomón” (Mat. 1:6, BTX, 4ª ed.).
 
Lo que David había hecho “fue desagradable ante los ojos de Jehová”. Dios mandó al profeta Natán a David con la siguiente parábola: “Había dos hombres en una ciudad, el uno rico, y el otro pobre. El rico tenía numerosas ovejas y vacas; pero el pobre no tenía más que una sola corderita, que él había comprado y criado, y que había crecido con él y con sus hijos juntamente, comiendo de su bocado y bebiendo de su vaso, y durmiendo en su seno; y la tenía como a una hija” (12:1-3). El pecado había endurecido el corazón de David. Dios tenía que llegar a él para convencerlo de pecado. No habría conseguido nada si Natán le hubiese acusado de adulterio. El corazón de David estaba tan endurecido que le habría dado igual. Si Natán le hubiese dicho, “Cometiste adulterio”, David podría haber contestado, “Como rey puedo hacer lo que quiera”, o, peor aún, podría haber dicho: “Pues, sí; pequé. Ya ofreceré un sacrificio y Dios me perdonará”.
 
Esta mañana en el culto de alabanza de una iglesia conocida, una chica dijo: “Dios siempre nos perdona”, como si fuese uno de sus atributos, algo que hace por sistema. Así piensan muchos creyentes: que, puesto que somos sus hijos, Dios siempre nos perdona cuando pecamos. Depende. Hay que matizar esto mucho. Hay condiciones necesarias para conseguir el perdón: el Espíritu Santo nos tiene que convencer de pecado. Hace falta una intervención de Dios. Esto es lo que estaba pasando por medio de la parábola que Natán contó a David: el Espíritu Santo estaba ablandando su corazón para poder llegar a él para convencerlo de pecado. Después tiene que haber un arrepentimiento genuino de parte de la persona, que incluye: la conciencia de haber ofendido a Dios, el temor a Dios, el reconocimiento de la culpa, el aborrecimiento y repudio del pecado y la intención de abandonarlo. Todo esto encontramos en el arrepentimiento de David registrado en el Salmo 51.
 
Fue necesario que Natán le contase esta historia tan tierna a David para hacerlo reaccionar. David tenía corazón de pastor. Amaba a las ovejas. Habría jugado con muchos corderitos cuando cuidaba el rebaño de su padre. Tal vez habría tenido uno como mascota. Lo que sí sabemos es que cuando David oyó esta historia, reaccionó, y dijo a Natán: “Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte” (12:5). Dios había llegado a su corazón. 

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