“Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron” (Marcos 5:11-13).
Lectura: Lucas 5:14-20.
¿Por qué les dio permiso Jesús a los demonios entrar en los cerdos?
Esta es una pregunta que me hicieron el otro día. El Señor no lo explicó a los discípulos, así que tenemos que contestar en base a lo que dice la Escritura en términos generales en otros incidentes, como, por ejemplo, en el caso de Job cuando también Dios dio permiso al diablo a hacer ciertas cosas (Job 1:11, 12). Lo que sabemos es que los demonios están bajo el gobierno del Señor Jesús. No pueden actuar libremente según su propia voluntad. Cuando Dios les da permiso lo que ellos hacen resulta en su propia destrucción.
En el caso que tenemos a mano, vemos cuántos demonios puede tener una persona. Vemos que los demonios tienen que ver con el reino de la muerte. Éstos vivían entre las tumbas. Atormentaban al hombre. Destruyeron a los cerdos. Vemos que la gente de aquella región era aún más perversa que el endemoniado. No valoraban la vida humana. No lo celebraron cuando el hombre fue liberado. Su prioridad fue lo material: lo que les preocupó fue cuánto dinero perdieron con la destrucción de los cerdos. Vemos que presenciar un milagro no salva a nadie. La liberación de este hombre no los llevó a la fe, sino al rechazo de Jesús. Lo mismo pasó con la resurrección de Lázaro. Algunos creyeron, pero la mayoría decidieron destruir a Jesús como resultado.
Vemos que la voluntad de Dios se lleva a cabo por la actuación demoniaca. Jesús fue a aquella región para llevar el evangelio a esta gente. El incidente les reveló la condición de sus corazones. Ellos lo echaron de sus contornos, pero Jesús dejó al hombre liberado allí con ellos. Él quería venir con Jesús, pero “no se lo permitió, sino que dijo: Vete a tu casa, a los suyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán granes cosas había hecho Jesús con él, Y todo se maravillaban” (5:19, 20). Muchos rechazaron a Jesús, pero los había que creyeron y fueron salvos y el propósito de Jesús al evangelizar a la gente de aquella región se llevó a cabo, no por la predicación de Jesús, sino por la de su misionero. Vemos que Jesús da permiso a los demonios, pero no da permiso al hombre salvo, y ambas cosas llevaron a cabo sus propósitos. Los hombres de la región tuvieron que elegir entre Jesús y los demonios. Antes de venir Jesús, vivían tan contentos con 2,000 demonios en su pueblo. Jesús los quitó de allí, y ellos rechazaron a Jesús. Les gustó cómo era antes. Tuvieron que elegir entre Jesús y la presencia demoniaca. Escogieron lo segundo, que resultó en pasar la eternidad en el infiero con los demonios. A fin de cuentas, es Jesús o los demonios.
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