LIBERACIÓN DE LA MUERTE

“Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído” (Salmo 116:1).
 
Lectura: Salmo 116:1-9.
 
            Este salmo es acerca de la vida, no de la muerte. “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” (Mat. 22:32). El salmo anterior dice: “No alabarán los muertos a JAH; ni cuantos descienden al silencio; pero nosotros (los vivos) bendeciremos a JAH desde ahora y para siempre”. Nuestro salmo, el 116, dice tres veces que Dios ha contestado la oración del salmista para liberarlo de la muerte, por lo tanto, lo invocará a lo largo de su vida (116:2, 116 13, 116:17). Este salmo es precisamente el salmo que el Señor Jesús cantó antes de salir a la muerte. La celebración de la Pascua terminaba con la entonación de un salmo, y este es el que tocaba, ¡el 116!: “Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos” (Mat. 26:30).           
 
Pablo cita este salmo: “Llevamos en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé. Nosotros también creemos, por lo cual también hablamos” (2 Cor. 4:10-13). ¿Dónde está escrito? El apóstol está citando el Salmo 116:10: “Creí, por tanto, hablé”. ¿Quién? El salmista, Pablo, y el Señor Jesús. ¿Qué creyeron? Que Dios los iba a librar de la muerte. El salmista, de la muerte física que lo asediaba en aquel momento; Pablo, Jesús y nosotros, de la muerte eterna. Y esto, por la resurrección del cuerpo, para tener un nuevo cuerpo semejante al que tuvo Jesús cuando resucitó.  
 
            El autor de Hebreos hace referencia a este salmo: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (Heb. 5:7 y Salmo 116:1). Si Jesús murió, ¿cómo pone “fue oído”? ¡Porque Dios lo libró de la muerte por medio de la resurrección! Pasó por la muerte física para romper el poder de la muerte, resucitando. ¡Murió y resucitó con un cuerpo mejor que el de antes! Esto es precisamente lo que nos pasará a nosotros, moriremos, y resucitaremos con un cuerpo nuevo, perfecto. ¿Y cómo lo sabemos? Por la resurrección de Jesús, y por medio de la fe: “Creí, por tanto, hablé”. Este es nuestro testimonio también. Creemos que resucitaremos y, por lo tanto, hablamos. Lo proclamamos. No tememos a la muerte, porque solo significa un cambio de cuerpo. Dejamos este cuerpo corrupto para vestirnos con un cuerpo inmortal. Mientras tanto, ¿qué? Lo que dice Pablo: “Llevamos en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal”.
 
Padre amado, pedimos que hoy la gloriosa vida de Jesús resucitado sea manifestada en nuestros cuerpos mortales. ¡Amén!


 
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