“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:18).
Lectura: Romanos 12:20, 21.
Nuestro vecino vino a vernos ayer, furioso. Estaba echando chispas, amenazando matar a la pareja que vive por encima de su piso. Por una situación ilegal injusta, la factura del agua de ellos viene incluida en la suya propia. Subió a más de 300 euros. Esto nos lo contó anteayer. Ellos lo han estado fastidiando, molestando, agrediendo, y abusando durante años. Ha habido innumerables visitas de la policía, pleitos, varios juicios, multas, y todo sigue igual. Tiene una ira acumulada; cada incidente nuevo cae en la pila de agravios y provoca una ira desmesurada. Ayer lo que provocó a nuestro vecino fue que el perro de esta gente le ladra. Ellos lo han insultado, pegado, cortado el cable de la luz, pinchado sus ruedas, llenado su terraza con basura, etc., etc., durante años. Es más, son básicamente ocupas. Le dije que lo del perro no era nada; es el cumulo de cosas. La ira acumulada tiene una larga historia detrás. Se desata con lo más mínimo. Lo que la víctima tiene que controlar, entonces, no es el enfado por el último incidente, sino todo el paquete detrás que ha contribuido a su peso tan grande. Por esto es tan difícil.
La rabia viene del dolor y la impotencia precedida de todo lo que la persona ha vivido. O sea, el dolor acumulado produce rabia, y la rabia, ira. La ira es mucha rabia acumulada. La persona se defiende, equivocadamente, con ataques de ira para sacar el dolor, pero no se va. Este método no funciona. La única manera de quitar esta rabia acumulada es lo que dice el apóstol Pablo, es echarla sobre el Señor en un acto de fe en la justicia de Dios y “dejar lugar a la ira de Dios”, porque Dios le dará al ofensor lo que merece: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”. Hay que tener fe en Dios. Él pagará. “Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo” (Heb. 10:31). El versículo anterior dice: “Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo” (Heb. 10:30). El autor de Hebreos está citando Dt. 32:35, 36. La venganza de Dios es justa, fuerte y viene en el momento perfecto. El texto viene repetido varias veces en la Biblia porque es un problema común a mucha gente: la injustica con que han sido tratados. Dios lo sabe, ha visto cada incidente y se vengará, porque todo pecado es contra Él.
Si has tenido una historia de malos tratos, o de dolor, o de desprecios, o de abandonos, es fácil que tengas mucha rabia acumulada. Si puedes llegar a la raíz de todo y empezar a perdonar poco a poco, te quitarás de en medio dejando que el único ofendido sea Dios mismo, y ¡Él sabe defenderse! O sea, si tú perdonas, te quitas de en medio, le dejas espacio para que Dios se vengue a sí mismo. De esto puedes estar seguro. ¿Qué pasó con el faraón de Egipto que cruelmente maltrató a los israelitas durante muchos años? Cuando se colmó el vaso de la ira de Dios, destruyó su país, mató a los hijos mayores de cada familia, y mató a todo su ejército. El castigo fue fulminante. Por eso la venganza tardó tanto en venir, para que pudiese ser total, igual que la ira que Dios volcó sobre su Hijo para nuestra salvación. Selah.
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