“Pablo, prisionero de Jesucristo, y el hermano Timoteo, al amado Filemón, colaborador nuestro” (Filemón 1).
Lectura: Filemón 5-20.
¿Cómo habrías reaccionado tú frente a la situación de Pablo, si tú fueses Pablo en estas circunstancias?
Retomando lo que estábamos diciendo ayer, mi reacción al asunto de Onésimo años atrás habría sido muy diferente a la del apóstol Pablo. Por la gracia de Dios he ganado mucho desde entonces. Lo que habría dicho es algo semejante a lo siguiente: “Mira, Onésimo, lo que has hecho al robar a tu amo y huir merece el castigo estipulado en la ley. Dios nos pide que nos sometamos a la ley. Deberías pagar por lo que has hecho. Lo que debes hacer es volver a tu amo, confesar lo que has hecho, pedirle perdón y aceptar lo que él determine. Si decide que has de pagar la pena establecida por la ley, pues, habrás de morir. En tal caso, que mueras con fe en que irás para estar con el Señor. Así se cumple la ley y habrás cumplido con tu deber. Pero si decide perdonarte la vida, has de ser un esclavo dedicado y trabajar todo lo que puedas por él por el resto de tu vida. Nunca podrás pagarle la deuda que le debes, pero intenta hacer todo lo que puedas para ayudarle como esclavo fiel. Nunca olvides lo que le debes”. Esta era la Margarita de antes.
La de ahora habría pedido a Filemón que le perdonase, pero no habría ofrecido pagar la deuda, porque todavía no soy todo lo espléndida que debería ser. El Señor ha sido más que espléndido conmigo. Me ha prometido el reino. Y todo ha sido por gracia. Pero, por lo menos, he dejado de estar trabajando para pagarle la deuda que le debo para ganar su amor. En esto he adelantado y por ello estoy contenta y agradecida.
¿Qué dice esta epístola en cuanto a la esclavitud, el perdón y el coste de seguir a Jesús?
No dice nada, en tantas palabras, pero efectivamente elimina la esclavitud haciendo iguales a todos en Cristo: elimina la discriminación entre judíos y gentiles, ricos y pobres, libres y esclavos; gente prestigiosa, y gente normal; ancianos y jóvenes. Pablo era un judío, apóstol, y preso; Filemón un judío rico y pastor, y Onésimo era delincuente, pobre y esclavo, y todos están en el mismo nivel en esta epístola.
Nos tiene que extrañar que una epístola dedicada a la reconciliación entre un hermano que ha ofendido a otro no menciona la palabra “perdón”. Da por sentado que hay que perdonar. Solo habla de los resultados del perdón en la práctica en este caso en concreto.
El precio que tuvo que pagar cada uno para conseguir esta reconciliación es alto para cada uno. Pablo arriesga la pérdida de la amistad con Filemón si éste rehúsa hacer lo que Pablo le pide. En tal caso se podría provocar una división de iglesia, unos a favor de Pablo y otros a favor de Filemón. Éste podría poner la iglesia en contra de Pablo. Filemón tiene que pagar el precio de poner en libertad a su esclavo. Y Onésimo tiene que renunciar a la libertad que ahora tiene, volver al yugo de la esclavitud, y someterse a su amo quien podría exigir su muerte. El coste de ser un verdadero discípulo de Jesucristo siempre es muy alto, pero el primero que lo pagó por ser fiel a su cometido fue el Señor mismo. Esta epístola habla de cómo vive un creyente su fe en Cristo.
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