“¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! …, porque allí envía Jehová bendición y vida eterna” (Salmo 133:1, 3).
Lectura: Salmo 133:1-3.
Por mucho que los queramos evitar, a veces surgen conflictos entre creyentes y nos encontramos en una situación en que es necesario hablar con alguien de algo complicado que ha ocurrido, o que puede ocurrir. ¿Cómo deben discutir dos creyentes sin hacerse daño mutuamente, y sin ser ofensivos? Como en el boxeo hay normas para evitar daños importantes, también las hay que gobiernan el comportamiento de dos creyentes enfrentados. Aquí compartimos algunas:
- Intenta no entrar en una discusión cuando estás realmente enfadado. Espera hasta que te hayas calmado. Puede ser necesario decir: “¿Podemos hablar de esto luego?”. Esto te dará tiempo para calmarte, orar y pensar.
- No ataques a la otra persona. Trátala con respeto. Que tu motivación no sea la de ponerla verde, humillarla, echarle en cara lo que ha hecho, hacerle daño, vengarte de ella, apartarla de ti, o destruirla.
- En lugar de acusar, hacerle una pregunta honesta para descubrir la verdad.
- Darte cuenta de que no puedes cambiar a nadie, ni cambiar su forma de pensar si el otro no quiere. Por muy bien presentado que sea tu punto de vista, no lo va a aceptar si está cerrado. Que tu meta no sea hacerle pensar como tú piensas.
- No des por sentado lo peor. Estate dispuesto a cambiar de opinión después de escucharle.
- No pierdes tus buenos modales: No interrumpas. No hables sin dejarle hablar a él. No te burles de él. No lo insultes. No insultes a ningún amigo o familiar suyo. No le recrimines cosas del pasado que ya has perdonado. No lo trates con desprecio. No lo descalifiques. No levantes la voz. No lo contradigas. No hables mal de otra persona no presente. No emplees ninguna palabra fea. No exageres. No le pongas la mano encima.
- Déjalo hablar e intenta comprender su punto de vista. Escucha bien.
- Habla con cariño, respeto, humildad, misericordia, cortesía, y generosidad.
- Ten paciencia con él. Perdónalo.
- Pon tu confianza en el Señor para resolver el conflicto, no en tu capacidad de convencer.
“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gal. 6:1).
La meta es siempre la reconciliación, no la de ganar un argumento, o hacer ver al otro lo malo que es. El Espíritu Santo se encargará de ello. Tú, haz todo lo que puedas para ayudarlo y beneficiarlo. Que el resultado sea la reconciliación y restauración del hermano y el saneamiento de la relación.
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