“Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así le dijo: ¿Quieres ser sano?” (Juan 5:5, 6).
Lectura: Juan 5:7-16.
Seguimos con el tema de las conversaciones de Jesús para aprender de Él el arte de entablar una conversación que cautive la atención de la otra persona, de escuchar bien lo que quiere decir, y de formular preguntas para conseguir que se abra y se interese por el evangelio.
La conversación de Jesús con el paralítico:
Jesús empieza la conversación con una pregunta asombrosa: “¿Quieres ser sano?” (v. 6). No es lo mismo que preguntar si quiere ser sanado. La respuesta no es tan obvia. Puede ser que haya perdido el deseo, que ya no tenga ilusión, que esté resignado, o que le sea más fácil la vida tal como la conoce. Su respuesta revela que no sabía nada de Jesús; no le pasó por la cabeza que Jesús podría sanarlo, y, es más, que solo concebía la sanidad de una manera, y que había perdido la esperanza de ser sano. Jesús no le contesta, no razona con él, no intenta convencerlo de que la sanidad es posible, no le pide que tenga fe en Él (v. 9); le da una orden: “Levántate, toma tu lecho, y anda”. Juntamente con el mandamiento del Señor vino el poder para obedecerlo: “Al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo” (v. 9). El patrón de esta conversación sigue el que ya vamos conociendo: Comienza con una pregunta y los interlocutores van alternando. Habla Jesús, habla el hombre, habla Jesús, el hombre actúa. No se puede razonar con una persona que ha perdido la esperanza, has de ayudarla a tener fe. Esto lo hizo Jesús.
La conversación de Jesús con Felipe y Andrés:
Jesús les hace una pregunta: “¿De dónde compraremos pan para que comen éstos?” (Juan 6:5). Felipe contesta y luego Andrés contesta. Sus respuestas revelan que ninguno de los dos tiene fe en Jesús. A ninguno se le ocurre pensar que Jesús podría hacer un milagro y dar de comer a tanta gente. Jesús no les reprende, ni razona con ellos; da una orden y luego obra el milagro. Es parecido al ejemplo anterior. Las preguntas de Jesús sirven para revelar nuestra fe o nuestra incredulidad. Si no hay fe, Él actúa para crearla.
La conversación con la mujer sorprendida en adulterio:
Jesús empieza la conversación haciéndole dos preguntas seguidas: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?” (Juan 8:10). Contesta la mujer y luego habla Jesús. Para una mujer acabada, saber que: (1) la gente no la condena y que (2) Dios tampoco la condena, le da el ímpetu para empezar de nuevo y no pecar más.
De estos ejemplos llegamos a la conclusión que necesitamos aprender de Jesús cómo hacer las preguntas idóneas que van a favorecer nuestro propósito. Tenemos que saber lo que la gente está pensando para dialogar con ella. Tenemos que saber escuchar y contestar lo justo, sin extendernos, y sin entrar en sermones. ¡Nos apuntamos a la escuela de Jesús!
Copyright © 2024 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.