SALMO 37

 

 “No te impacientes a causa de los malignos” (Salmo 37:1).
 
Lectura: Salmo 37:1-9.
 
Este salmo habla de dos maneras opuestas de reaccionar frente al mal. La primera es esperar con paciencia que Dios trate con los malos, y la otra es airarnos y reaccionar mal ante su maldad.
 
La reacción correcta:
La reacción correcta incluye muchas cosas. Es tener paciencia “porque como hierba serán pronto cortados” (37:2). Es confiar en Dios y hacer el bien a pesar de lo que hacen otros: “Confía en Jehová, y haz el bien” (37:3). Es deleitarnos en Dios y no obsesionarnos con ellos y con sus artimañas: “Deléitate asimismo en Jehová” (37:4). Es dejar nuestra causa en sus manos: “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará” (37:5). ¿Hará qué? Hará justicia en su tiempo: “Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía” (37:5, 6). Y mientras tanto cerramos la boca y no nos ponemos nerviosos: “Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades. Deja la ira, y desecha el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo” (37:7, 8).
 
La reacción mala:
La reacción mala es la de ponernos nerviosos y preguntar por qué Dios no actúa más rápidamente. Es la de tener envidia del éxito que tienen los malos. Todas sus iniciativas parecen salir bien, y dejamos que esto nos fastidie. Es poner nuestra atención en esta persona en lugar de mirar al Señor con confianza esperando pacientemente a que Él actúe. Él es el que hace salir tu justicia como la luz, no nosotros. La reacción mala es hablar a todo el mundo acerca de esta persona mala y el daño que nos ha hecho, ¡como si esto fuera a traernos paz! Es excitarnos y devolverle mal por mal. Es muy fácil reaccionar de esta manera, pero “la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:20).
 
Conclusión:
“Porque los malignos serán destruidos, pero los que esperan en Jehová heredarán la tierra” (37:9), y ¿quién hace estas dos cosas? Dios. No nosotros. Y no nos alegramos por la suerte de los malignos. Lejos de eso hemos de orar por su salvación. Los hemos de perdonar. Hacemos todo el bien que podamos por ellos, como nos enseña el Señor Jesús: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mat. 5:44). En todo este proceso, nuestro corazón va cambiando. Hemos llegado a ser más como el Señor. Y nuestro deseo es por su bien, a pesar de lo que se merecen. Dios se encargará de cómo sale todo, pero nosotros saldremos más como el Señor Jesús, y más como nuestro Padre, que hace salir su sol sobre malos y buenos. ¡Que el Señor nos santifique por medio de todo lo que hacen los agentes del maligno en nuestras vidas! ¡Amén! 

    

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