¿OBLIGAR A DIOS?

 

“Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: Ya no tienen vino. Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? Respondió Jesús… Su madre dijo a los sirvientes: Hagan lo que él les ordene” (Juan 2:3-5, NVI).
 
Lectura: Juan 2:1-10.
 
      La escena es una boda en Caná. El encargado del banquete no calculó bien la cantidad de vino que hacía falta para el convite, y antes de terminar la celebración el vino se había acabado. Se ve que María era amiga de la madre del novio. Pidió a Jesús que solucionase el problema. Él respondió que este asunto no le incumbía a Él. No era su problema. María entonces le metió en el asunto diciendo a los sirvientes que hiciesen lo que Él les mandase hacer. Jesús entonces tuvo que hacer algo. María tuvo la fe para creer que Él podía solucionar el problema. Pensando en ello, nos hacemos la pregunta: ¿Podemos nosotros poner a Dios en un aprieto obligándolo a obrar? ¿Está bien?
 
      Es una pregunta compleja. Depende de nuestra fe, nuestra motivación, los intereses creados que tenemos en el asunto, si estamos poniendo a Dios a prueba, y, finalmente, depende de la voluntad de Dios. La motivación de María era correcta. Le interesaba la reputación de su amiga. No quería que quedase mal delante de todos los invitados. Tenía fe en Jesús. Lo dejó libre para que Él se encargase de la situación. Pensamos en el incidente de Jesús en la barca en la tormenta. Los discípulos le informaron que estaban a punto de morir. No le dijeron lo que tenía que hacer. Esto lo dejaron en sus manos. Y Jesús asumió la responsabilidad por la situación.
 
      Hay asuntos que no son nuestra responsabilidad. Nuestros amigos están en dificultades. No es nuestro asunto, ni es el asunto de Jesús, pero motivados por amor por ellos, acudimos a Jesús y le contamos el problema. Lo involucramos en el asunto. Y Él asume el mando. ¿Esto es obligarlo a actuar? ¿Qué piensas? No le decimos lo que tiene que hacer. Esto lo dejamos en sus manos. Nuestra motivación es el bien de otros. Oramos. Pedimos que el Señor solucione la situación. Y lo hace. Aquel cuyas salidas son desde la eternidad sale con una solución que no habríamos pensado, ni en mil años de darle vueltas. El resultado es que Dios es glorificado y la fe de muchos crece: “Así reveló su gloria y sus discípulos creyeron en él” (2:11).        
 
      Respondemos pidiendo: “Señor, enséñame a orar” (Lu. 11:1).
 

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