“Gozar de los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:25).
Lectura: Apoc. 20:12-15; 21:8.
A la luz de la eternidad, “los deleites temporales del pecado” no valen la pena, ni siquiera a la luz de esta vida, y menos aún a la luz de generaciones futuras.
Una mujer tomó una mala decisión. Se acostó con un vecino mientras su marido estaba trabajando. Alguien avisó al marido que debería volver a su casa enseguida, y cuando lo hizo encontró a su esposa en la cama con este hombre. Salió de su casa y nunca más volvió. Dejó a sus dos hijos sin padre. El vecino no quería que nadie supiese de su desliz con esta mujer, porque no quería dañar su reputación en el pueblo, ni estropear la felicidad de su hogar con su esposa e hijos. Cuando supo que la mujer había concebido, no quería saber nada de la hija que le nació. Nunca más tuvo nada que ver con ella. Ella se quedó con una niña sin padre y sus dos hijos del marido también sin padre. Para ocultar las consecuencias de su pecado, escondió a la niña en su casa. Solo salía para ir al cole, siempre avergonzada de su existencia, sintiéndose culpable, desgraciada, y que nunca debería de haber nacido. Los dos hijos mayores no tienen aliciente en la vida y la pequeña sigue sin salir de la casa. La madre murió prematuramente dejando huérfanos a los tres hijos. ¡Cuántas vidas han sido destrozadas! ¿Valió la pena este deleite temporal del pecado?
¿Qué esperanza hay para los que caen en el pecado? Fuera de la obra del Espíritu Santo, ninguna. Esta mujer desea no haber hecho lo que hizo, pero esto no es arrepentimiento. Siente remordimientos; tampoco es arrepentimiento. Admite que no estaba bien, pero culpa a su marido por siempre estar trabajando y por dedicar todo su tiempo libre al mantenimiento de la casa y no a ella. Él dejó la casa a su mujer e hijos. La mujer encubrió su aventura, fue fiel a su promesa de no divulgar lo que pasó, nunca descubrió al hombre, pero esto no quita el pecado. La única manera de llegar al arrepentimiento es por obra del Espíritu Santo. Si Él no trae convicción de pecado, nadie puede arrepentirse. No podemos llevarnos al arrepentimiento a nosotros mismos: “la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Cor. 7:10). Por mucho que nosotros lamentemos lo que hemos hecho, no podemos conseguir el perdón, ni tampoco castigarnos por lo ocurrido. Si lloramos durante años, si nos castigamos, si hacemos penitencia, si intentamos olvidar, si dejamos pasar muchos años, hagamos lo que hagamos, no podemos quitar o pagar por nuestro pecado.
La única manera de ser perdonado es responder a la convicción de pecado que trae el Espíritu Santo, quebrantarnos delante de Dios, reconocer nuestra culpa, admitir que merecemos el infierno, y pedir que Jesús pague el castigo que merecemos. Es poner nuestro pecado sobre Él en la Cruz y creer que su muerte lo paga y que su sangre lo cubre, y que no solo lo cubre, sino que lo quita de en medio para siempre; lo hace desaparecer para que ni Dios se acuerde de él. Después Dios nos cubre con la justicia de Jesús; su vida perfecta es atribuida a nosotros. Dios nos ve justos en Él. Y el Espíritu Santo viene a morar en nosotros (si aún no moraba), y va obrando justicia en nosotros, de manera que de ahora en adelante vivamos vidas justas en su poder. Con la justicia de Jesús y la vida de justicia que ahora vivimos podemos andar con la cabeza alzada, sin ninguna vergüenza, sintiéndonos limpios y libres de toda mancha, aceptados por Dios, aceptables como personas, y felices en Cristo, con mucho que ofrecer para ayudar a otros, porque todos necesitamos la misma operación de Dios que nos transforma de culpables pecadores en ciudadanos valiosos.
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