“… en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo, y ciertamente estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil. 3:6-9).
Lectura: Fil. 2:1-7.
El testimonio de Pablo es impresionante. Era perfecto según la ley. Sin embargo, iba matando a cristianos. Sin la obra del Espíritu Santo la Ley es incompleta. Él se creía sin falta. Su conciencia no le acusaba de nada. Así es el legalista. Pero cuando Dios empezó a obrar en él por el Espíritu Santo, le mostró donde estaba su pecado, lo equivocado que estaba, y el camino de salvación.
La ley nos muestra el camino perfecto para vivir. Nos enseña cómo debemos relacionarnos con los demás, cómo cumplir nuestras responsabilidades, cuáles son nuestros deberes para con Dios, y cómo debemos tratar a los demás. También nos enseña cómo cuidar de la naturaleza y de los animales. Nos proporciona un día de descanso para cuidar de nuestro cuerpo. Además, nos da días festivos para celebrar la bondad de Dios y gozarnos junto con nuestra comunidad.
El Antiguo Testamento nos da esperanza, gozo, corrección, exhortación, ánimo, sabiduría y la hermosa revelación de Dios. Todo esto nos llega a través de la Ley. Pero en Cristo tenemos otra serie de bendiciones que añaden y superan lo que la Ley puede darnos.
La fe en la obra de Cristo constituye una manera completamente distinta de relacionarnos con Dios. No se basa en el cumplimiento de la Ley, ni en nuestros propios méritos, ni en nuestro desempeño, sino en lo que Cristo ha hecho. Se basa en que Él cumplió la Ley en nuestro lugar y en la justicia que recibimos por estar en Él. Él es nuestra justicia.
Cristo nos concede una posición correcta delante de Dios, gracias a su vida perfecta y su cumplimiento de la Ley en nuestro lugar. Y, mediante su muerte en la cruz, como nuestro Sustituto, paga por nuestro incumplimiento de la Ley, acaba con el poder de nuestro pecado, y nos da su Espíritu para cumplir la Ley y vivir según la voluntad de Dios.
Nuestra fe en Dios se fundamenta en todo lo que Jesús hizo por nosotros: en su vida perfecta y en su muerte sustitutoria. Sobre esta base, Dios nos recibe en su familia como hijos, y en su reino como ciudadanos de la Ciudad Santa, donde estaremos para siempre con Él.
Ese es, por tanto, el resultado de nuestra fe en Cristo y de haber sido hallados en Él. Alabado sea Dios por su Don perfecto.
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