“El Señor te bendiga y te guarde, el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz” (Números 6:25-26).
Lectura: Salmo 80:1-7, 19.
¿Estás afligido por la condición del pueblo de Dios? ¿Corren tus lágrimas por la iglesia? Si sufres al ver cómo la iglesia se va acercando al mundo, o por su dureza legalista, o por cualquier otro desvío que notas, vas a identificarte con este salmo.
El salmista invoca a Dios como “el Pastor de Israel” (v. 1). Él es el Pastor de los pastores, “el gran Pastor de las ovejas” (Heb. 13:20), el que vela por el estado de su rebaño. Asaf (el salmista) mira por encima de los líderes espirituales del pueblo de Dios, y se dirige directamente al que es a la autoridad suprema que está sobre todos. Clama al Señor diciendo: “Despierte tu poder delante de nosotros, y ven a salvarnos” (v. 2).
Y ahora viene el versículo clave, la petición más necesaria, que se repite tres veces, como el refrán de un himno: “Oh Dios restáuranos; haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos” (v. 3). “Oh Dios de los ejércitos, restáuranos; haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos” (v. 7). “¡Oh Jehová, Dios de los ejércitos, restáuranos! Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos” (v. 19). La diferencia entre estos tres versículos es que el salmista invoca al “Dios de los ejércitos” en los últimos dos. ¿Por qué? La viña del Señor está estropeada, ¿y pide un ejército para salvarla? ¿Por qué no pide un agricultor? Porque el que ha destrozado la viña del Señor, la cual es su pueblo, es un enemigo espiritual, un ejército de demonios, y lo único que lo puede vencer es un ejército de ángeles. El Señor Jesús es “el Príncipe del ejército de Jehová” (Josué 5:14).
¿Y qué es lo que pide el salmista? Que el Dios de los ejércitos haga resplandecer su rostro sobre nosotros, su pueblo y su viña. ¿Qué necesita una viña? Protección. Esta viene del ejército. Defiende sus fronteras de la invasión de sus enemigos. ¿Y qué más necesita? El resplandecer del sol. El sol da vida. El rostro de Dios brilla como el sol. Resplandece. Da calor y vida. Y la otra cosa que necesita la viña es lluvia, pero ¡el salmista no entra en todo! La lluvia de Dios es el agua del Espíritu, el agua de vida.
Amado Señor, ponemos delante de ti en esta mañana tu viña, que es tu Iglesia. “¿Por qué aportillaste[1] sus vallados, y la vendimian todos los que pasan por el camino? La destroza el puerco montés, y la bestia del campo la devora” (v. 13). Señor, pedimos tu protección para la Iglesia que tanto te ha costado construir; restáuranos. Y pedimos que hagas resplandecer tu rostro sobre ella, y seremos salvos. Amén.
[1] “Aportillar” significa: “Romper, derribar una muralla o pared para poder entrar por la apertura resultante de ello”.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.