NUESTROS DESEOS

Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 Pedro 2:1, 2).

Lectura: 1 Pedro 2:1-7, 11, 12.

Aquí el Apóstol Pedro nos dice lo que tenemos que desechar y lo que tenemos que desear.

“Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (2:1-3). Hemos de desechar toda clase de morbo, y desear la Palabra de Dios para crecer en santidad. Es muy entretenido hablar mal de la gente, hacer ver que somos mejores, y envidiar a los que son más populares o tienen un ministerio más atractivo que el nuestro.  Si nuestra mente está enganchada a estas cosas nos faltará tiempo para estar en la Palabra, meditando en ella y desarrollando nuestra vida como cristianos. Pero si estamos en la Palabra, no tendremos tiempo para hablar de lo que está mal con otros, y tampoco nos apetecerá. Por medio de la Palabra tendremos más conocimiento de nosotros mismos, más humildad y más temor de Dios quien nos guardará del pecado.

“Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (2:11). Los deseos carnales hacen competencia con el deseo por la Palabra. No podemos estar deseando la gratificación de la carne a la vez que estamos deseando la leche espiritual de la Palabra de Dios. La espiritualidad y la carnalidad no son compatibles. Lo que dice el apóstol es muy fuerte: “Los deseos carnales batallan contra el alma”. Muchos creyentes tienen problemas con los deseos carnales. Son muy fuertes. Se apoderan de la mente. Insisten en su gratificación inmediata. Entonces se libra una batalla entre lo espiritual y lo carnal en la cual tiene que ganar lo espiritual si vamos a seguir adelante con Cristo.  

Desechemos todo lo malo para acercarnos a Cristo: “Acercándoos a él” (2:4). No podemos estar cerca de Cristo si estamos metidos en lo que está mal con otros, dañando sus reputaciones, o en falsedades, o fardando de ser mejores que otros. Nos limpiamos para acercarnos: “Teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos”. Nos acercamos a Él “con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Heb. 10:21, 22).

 “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1 Pedro 2:4), y es preciosa no solo para Dios, sino para nosotros también: “Para vosotros, pues, los que creéis, él el precioso” (2:7). Cuando nos acercamos a Cristo descubrimos lo precioso que es, y el pecado y la carnalidad palidecen a la luz de la hermosura de su belleza. Como dice el himno: “Desde que mis ojos se han fijado en Cristo, he perdido el apetito por todo lo demás, han cautivado la visión de mi espíritu contemplando al Crucificado”. Así es. 

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