“Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:22).
Lectura: Mat. 21:18-22.
Necesitamos algo de Dios. Somos como la persona que tiene hambre y necesita un bocadillo. Así que se acerca a una máquina vendedora. Mira por el cristal y ve un bocadillo delicioso. Está hecho y listo para comer. Nosotros no lo hemos preparado. Está listo y la compañía quiere vendérnoslo. El problema no va por allí. El problema consiste en lo que nosotros hemos de hacer para conseguirlo. No tenemos que prepararlo, ni convencer a la compañía de vendérnoslo. Es introducir el dinero en la máquina. Esto es lo que hace la oración. La oración pone el dinero en la máquina para que el producto salga, porque esto es como Dios lo ha diseñado. No deja caer bocadillos del cielo. Los pone en la máquina y nosotros tenemos que insertar el dinero, es decir, orar, y entonces recibimos aquello que pedimos.
Evidentemente esto lo tenemos que cualificar, pero para seguir con la ilustración, hay maneras de no conseguir los bocadillos de la máquina. No podemos darle una patada. No podemos pararnos allí y esperar que salga un bocadillo. No vale decir: “Si la compañía quiere que tenga el bocadillo, me lo dará”. No vale usar dinero falso. No vale desearlo y no hacer nada (Sant. 4:2, 3). Hay algo que tienes que hacer: has de poner el dinero en la máquina. Lo que nosotros tenemos que hacer es orar y pedir a Dios lo que queremos, y Dios nos lo da, porque la Biblia dice: “Pedid y se os dará” (Mat. 6:7). No dice: Cree en la soberanía de Dios, y vendrá por sí solo. Tienes que pedir. El que pide, recibe. Y así, con esta fe, pedimos.
¿Qué tenemos que pedir? Esto es lo difícil. Pongamos el ejemplo de uno que quiere ser salvo. No puede decir a Dios: “Dios mío, yo he sido buena persona. He pasado la vida ayudando a la gente, creo que he ganado la salvación”. ¿Esta oración la consigue? No. Porque no has usado las palabras necesarias. ¿Qué pasa si dices a Dios: “Dios mío, creo que eres soberano. Tú decides quién se va a salvar y quién no. Por lo tanto, te doy las gracias de que, si quieres que sea salva, me salvarás”?. ¿Así es cómo lo hacemos? No. Esto no consigue la salvación tampoco. ¿Y si vienes a Dios y le dices: “Dios, yo creo que vas a salvar a todo el mundo, porque un Dios bueno no enviará a nadie al infierno”?. ¿Esto te salva? No. Entonces, ¿qué tienes que decir?, porque lo que decimos es importante, pues refleja lo que hay dentro nuestro. Si dices: “Dios, ten misericordia de mí porque soy pecador. Creo que Jesús murió por mis pecados. Los pongo sobre Jesús para que los expíe, para hacerme justo”. ¿Esto te consigue tu salvación? Sí. ¿Porqué? ¿Porque has orado las palabras correctas? Sí. No porque sea una fórmula que alguien ha escrito, diciendo: “repite estas palabras mágicas y serás salvo”, sino porque estás bajo convicción de pecado por el Espíritu Santo y clamas a Dios de todo corazón que te salve, y Dios te revela que la salvación está en Cristo y tú lo crees de todo corazón. Dices al Señor: “Yo recibo la salvación en Jesús”. Y Dios te dice: “La tienes. Te la doy; es tuya”. Y tú dices: “Gracias, Señor”.
Esto es lo que quería decir en cuanto a orar la oración correcta. Tenemos que dar en el clavo. ¿Y quién nos va a decir lo que tenemos que orar? El Espíritu Santo. ¿Qué hemos de hacer? Hemos de quitar la cera de nuestros oídos y escuchar al Espíritu Santo y pedir lo que conviene con fe, y recibirlo con fe; y lo recibiremos: “Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14). Amén.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.