“Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y fue sepultado, y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3, 4).
Lectura: 1 Cor. 15:5-8.
La buena nueva que celebramos estos días es que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación y así procuró nuestra paz con Dios. Lo hemos creído y nuestra fe ha procurado nuestra salvación. Somos salvos por la fe y no por cumplir con las obras de la ley. ¿Y cuáles son las implicaciones para cada uno de nosotros? “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que, si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí; sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14, 15). Las implicaciones son tremendas. Yo he muerto con Cristo a mi vieja vida centrada en satisfacer los deseos de mi carne. Mi carne ha sido crucificada con Él. El evangelio no es que Cristo murió por mí para que yo no tenga que morir, sino que yo me considero crucificado juntamente con Él y resucitado juntamente con Él para vivir una nueva vida en el Espíritu, no en la carne: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2: 20).
Morir con Cristo es costoso. Muero a mis viejos pecados, a los deseos de mi carne, a mis apetitos, a mi propia voluntad, a mis derechos, a mis ideas y filosofías, a las ideas de este mundo, a sus filosofías y propaganda, a sus modas y metas, y a lo que pienso que me va a satisfacer, llenar y realizar. Esto es lo que significa “para que los que viven, ya no vivan para sí; sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. Y vivimos para el Señor Jesús, como Él vivió, no para hacer nuestra voluntad, sino la voluntad del Padre.
Cuando celebramos la Pascua, estamos celebrando nuestra muerte y resurrección con Cristo para vivir una nueva vida en el Espíritu. Después de pasar 11 capítulos explicando el evangelio en Romanos 1 a 11, Pablo escribe: “Así que”. Este “así que” viene a decir que después de todo lo que Cristo ha logrado por nosotros por medio de su muerte y resurrección, la consecuencia directa para nosotros es que nos sacrifiquemos para hacer la voluntad de Dios: “Así que hermanos, os ruego por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rom. 12:1, 2). Si hemos creído el Evangelio, esta es la consecuencia lógica: que nos sacrifiquemos para hacer la voluntad de Dios. El himno lo expresa así:
¿Has puesto en el altar todo lo que tienes y eres?
¿El Espíritu Santo controla y gobierna tu cuerpo?
Nunca tendrás descanso, o dulce paz, ni serás bendecido
Hasta que no le entregues tu cuerpo y tu alma.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.