“Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24).
Lectura: Marcos 11:20-24.
Estudiando las Escrituras, llegamos a la conclusión de que es nuestra fe la que permite que Dios obre. Hay muchos milagros que Dios quiere realizar, pero Él ha determinado no obrar si no lo pedimos: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Santiago 3:2). También ha determinado que obrará en respuesta a la oración de fe: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”. Él quiere que recibamos las cosas por medio de la fe, de la misma manera que Él lo hace. Dios hizo el universo por medio de la fe. Jesús sanaba a la gente por medio de la fe. Dios lo decretó, el Espíritu Santo suplió el poder, Jesús pronunció la palabra de fe, ¡y se hizo!
Pedir a Dios que haga algo sin creer que lo hará, no produce ningún resultado. Esto lo hemos visto toda la vida. No es cuestión de creer que Dios puede hacerlo, es creer que lo hará. Si Dios no hace estos milagros que pedimos, Él sale perdiendo. Es muy fuerte decir esto, pero Dios es glorificado con las respuestas a las oraciones, si las contesta. ¿Cómo sabemos qué pedir? Por nuestro conocimiento de Dios. Por ejemplo, si creemos que alguien está bajo maldición, la rompemos en el Nombre de Jesús. No podemos dejar que una persona salga de nuestra casa sin recibir ayuda del Señor. Oramos y pedimos que Dios supla la necesidad de los que ha mandado, porque no creemos que los vaya a mandar a un lugar y dejarlos morir de hambre. Marta dio en el clavo al decir: “Sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará” (Juan 11:22). Jesús le contestó, “Tu hermano resucitará”, ¡pero ella no lo creyó! Cuando llegaron a la tumba, ella no quiso que Jesús moviese la piedra. Esto es no tener fe. Decir que la persona ya se ha descompuesto es decir que no hay nada que hacer. Nosotros hemos de tener fe para creer que Dios puede tomar a una persona descompuesta espiritualmente y convertirla en una persona sana. Y lo hará. Todo es cuestión de fe. Creemos que Dios lo hará, no porque lo quiero yo, sino porque lo quiere Dios.
¿Debemos anunciar de antemano que Dios les va a hacer un milagro? Esto es lo que Jesús dijo. Dijo a Marta: “Tu hermano resucitará”. Les dijo a sus discípulos antes de salir del otro lado del Jordán donde estaban cuando llegó el mensajero de Marta y Maria que iba a resucitar a Lázaro de los muertos: “Lázaro duerme; mas voy para despertarle…Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto” (11:11, 14). Esta es una tremenda afirmación de fe. Después, Jesús se fue a Betania e hizo el milagro. Pudo hacerlo porque el Padre lo escuchó y le mandó resucitarlo. Si el Señor no hubiese recibido un mandato del Padre, no habría ido. Si hubiese ido sin ser mandado, habría estado tomando la dirección de su vida en sus propias manos, pero Jesús no vivía con independencia del Padre. No funcionaba de esta manera. Hay un orden dentro de la Divinidad: el Padre manda. Da a conocer su voluntad, y nosotros la hacemos. Nuestro trabajo es creer: “Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:28, 29). Así que pensamos: “Creer significa tener una doctrina buena”. No. Una cosa es creer doctrina, y otra cosa muy diferente es creer lo que Dios te está diciendo que creas. Este es el significado de la palabra “fe”.
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