“Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador. Entonces él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé” (Juan 9:24, 25).
Lectura: Juan 9:26-34.
Los fariseos habían juzgado a Jesús y lo condenaron por ser pecador. La evidencia era que había sanado a este hombre en el sábado. Había roto la ley. Había trabajado en el día de reposo.
La ley prohíbe el trabajo en el día de reposo, pero la creación, que es anterior a la ley, lo exige en ciertos casos. Por ejemplo, la vaca. Hay que ordeñar la vaca todos los días de la semana, dos veces al día. Si no, la ubre de la vaca se llena de leche causando dolor al pobre animal. Todos los granjeros trabajan en el día de reposo, y bien duro. Tienen que levantarse a las cinco de la mañana y caminar hasta el pasto donde están las vacas, recogerlas, ordeñarlas y llevarlas otra vez al pasto. También hay que limpiar el granero y llevar la leche hasta donde se guarda. Jesús puso otra clase de ejemplo: los accidentes. Cuando tu buey cae en un pozo en el día de reposo, hay que sacarlo, y esto requiere mucho trabajo. Si eres médico y presencias un accidente en el día de reposo, no vas a dejar al herido en el suelo sin atenderlo. La ley es para el beneficio del hombre, no para estorbarlo, dijo Jesús (Marcos 2:27).
Muchos de nosotros tenemos la misma mentalidad de los fariseos, sobre todo en las iglesias en que se conoce bien la Biblia. Pensamos que esto nos da la autoridad de juzgar a los hermanos, y si los encontramos incumpliendo nuestra comprensión de la ley, los juzgamos y los excomulgamos, tal como hicieron los fariseos con este hombre que había sido ciego: “Respondieron (los fariseos al ex ciego): “Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros? Y le expulsaron (de la sinagoga)”. Si buscamos pecadores, aquí los tenemos: Habían formulado una ley en oposición a la ley de Dios que decretaba que, si los hombres nacían ciegos, era por el pecado de sus padres, y que este pecado se hacía extensivo al niño. Compasión, cero. No querían aprender nada del ex ciego: eran orgullosos. Prepotentes. No se les podía enseñar nada. Cerrados de mente. Lo expulsaron: eran duros de corazón. Amor por el que sufre: ninguno.
Yo era igual que los fariseos, siempre juzgando y siempre condenando. Siendo creyente, intentaba congraciarme con Dios por medio de cumplir la Biblia. Un día leí Gálatas 3:2, 3: “¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?”. Pues, sí. Era así de necia, pero Dios me abrió los ojos por la Palabra. Nosotros que creemos en la justificación por la fe, ¿vamos a juzgar a otros por la ley? El amor es el cumplimiento de la ley: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento, y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mat. 22:35. 40). Que entremos en la libertad de los hijos de Dios, y que dejemos que otros entren.
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