“Observando cómo escogían los primeros asientos a la mesa, refirió a los convidados una parábola, diciéndoles: Cuando fueres convidado por alguno a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más distinguido que tú esté convidado por él…” (Lucas 14:7, 8).
Lectura: Lucas 14:7-11.
Estamos todavía en la casa del fariseo que invitó a Jesús a comer, donde Jesús sanó al hidrópico. Jesús aprovechó la ocasión para observar y enseñar a los otros convidados presentes. Esto nos extraña un poco, porque no era su casa, ni lo habían invitado a hablar, pero el Señor nunca perdió una oportunidad de enseñar a los que le rodeaban. Esta vez les enseña a no buscar honores para sí mismos: “Cuando fueres convidado por alguno a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más distinguido que tú esté convidado por él, y viendo el que te convidó a ti y a él te diga: Da lugar a éste; y entonces comiences con vergüenza a ocupar el último lugar” (14:8, 9). Luego dice que es mejor sentarse en el último lugar e ir subiendo. Concluye con: “Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (14:11).
Nuestra primera reacción al pensar en esta enseñanza podría ser que no es de vital importancia, que habría sido mucho más importante enseñar acerca del camino de la salvación, que en nuestras palabras sería: “aceptar a Jesús como nuestro Salvador”. Cuando aceptamos a Jesús como nuestro Salvador, Él empieza a salvarnos de nuestra condición torcida, y transformarnos. Esta condición nuestra está contaminada por el orgullo. Queremos el lugar más importante, queremos tener la voz cantante, queremos ser reconocidos, queremos figurar. Llamamos la atención sobre nosotros mismos. La primera cosa necesaria para ser salvos es la humildad, es reconocer lo lejos que estamos de cómo deberíamos ser. Pues, la salvación es de nosotros mismos.
Este es el mensaje que Dios está intentando hacernos comprender, pero lo resistimos. Intenta hacérnoslo llegar por medio de nuestras relaciones en la familia, las relaciones en la iglesia, en el trabajo, y en la calle, pero cuesta que nos llegue. Nos defendemos. Discutimos. Culpamos a otros. Nuestro orgullo es como una muralla que no permite que veamos cómo nos promocionamos a nosotros mismos. Contamos nuestras hazañas, pero no contamos nuestros fracasos. No confesamos nuestros pecados los unos a los otros, como nos enseña el apóstol: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (Sant. 5:16). No confesamos nuestras ofensas, y, por lo tanto, no nos sanamos de la enfermedad del “YO”.
En este pasaje Jesús empezó su enseñanza hablando de bodas: “Cuando fueres convidado por alguno a bodas, no te sientes en el primer lugar”. Todos nosotros estamos esperando el gran día cuando seamos convidados a las bodas del Cordero. ¿Qué lugar vamos a ocupar en aquella mesa? Si queremos sentarnos cerca del Señor, Él acaba de darnos la pista de cómo lo podemos conseguir: por medio de aprender a ser humildes. Que Dios abra nuestro entendimiento para entender esta enseñanza.
Copyright © 2025 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.