DESATADA

“Y esta hija de Abraham que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo?” (Lucas 13:16).

Lectura: Lucas 13:10-17.

            Los milagros de Jesús también sirven de parábolas. Tienen mucha enseñanza para nosotros. Un buen ejemplo es la sanidad del hombre nacido ciego (Juan 9) y toda la enseñanza acerca de la ceguera espiritual que se desprende de ella (Juan 9:39- 41).

Aquí tenemos una historia interesante que versa sobre el tema de atar y desatar. Jesús había ido a la sinagoga en el día de reposo para enseñar. En la congregación estaba una mujer que llevaba dieciocho años sufriendo bajo la tiranía de un espíritu de enfermedad: “Y allí había una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar” (13:11). Jesús puso sus manos sobre ella y la sanó, y ella se enderezó y glorificaba a Dios. Claro, esto enfurecía a los religiosos porque ocurrió en el sábado. El principal de la sinagoga reprendió a Jesús dirigiéndose a la gente allí presente, porque no se atrevió a reprender a Jesús después de haber hecho este milagro de misericordia.

Jesús, a su vez, le reprendió a él diciéndole: “Hipócrita, cada uno de vosotros ¿no desata en el día de reposo su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo?” (13:15). Jesús llama a la mujer “una hija de Abraham”, que era su terminología para una persona con la fe de Abraham, un hijo espiritual de Abraham. Se ve que Satanás tiene la autoridad de atar a los verdaderos creyentes. También se ve que un creyente puede tener un espíritu de enfermedad. Jesús la sanó de su enfermedad poniendo sus manos sobre ella, liberándola. ¿De qué? Del espíritu de enfermedad.

La reacción a este milagro fue doble: sus adversarios se avergonzaban, pero el pueblo se regocijó: “Al decir estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él” (13:17).  Los milagros crean o bien gozo, o bien rechazo. Lo que no hacen es dejarnos indiferentes. Dejan culpables delante de Dios a los que no ven su mano en lo ocurrido.

El tema de atar y desatar ya lo hemos observado en la historia de la resurrección de Lázaro: “El que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir” (Juan 11:44). Lázaro estaba vivo y sano de la enfermedad que lo había llevado a la tumba, pero todavía estaba atado. Jesús manda a los amigos que habían venido a consolar a sus hermanas que lo desatasen para que pudiera andar en novedad de vida. Envestidos de su autoridad, nosotros hacemos lo mismo, y el Señor dice que lo que desatamos en la tierra queda desatado en el cielo (Mat. 18:18). ¡Qué hermoso trabajo el Señor ha dejado en nuestros manos!

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